septiembre 15, 2009

Estado benefactor e inflación crónica

Capítulo IV de A Humane Economy

El comunismo no constituye un peligro inmediato para los países del mundo occidental libre, ni alza su cabeza entre nosotros el espectro del totalitarismo, por grande que sea la amenaza de paulatina corrupción interna y de ataque inescrupuloso desde el exterior. Tampoco la economía cabalmente planificada y la socialización generalizada, ni el Estado totalitario que forzosamente las acompaña, son fines que logre movilizar con éxito a las grandes masas del electorado. Lo que amenaza desde adentro la estructura de nuestra economía y de nuestra sociedad es otra cosa: las enfermedades crónicas que se extienden en secreto y por ello son tanto más malignas. Es difícil averiguar sus causas y su verdadera índole se oculta al observador superficial o desprevenido; ellas tientan a los individuos y a los grupos con ventajas inmediatas, en tanto que sus fatales consecuencias tardan mucho en manifestarse y se dispersan en un amplio radio. Por esto, precisamente, es que cabe temer tanto a estas enfermedades.

Entre estos lentos cánceres de nuestra economía y sociedad occidentales se destacan dos: el avance al parecer incontenible del Estado de beneficencia o Benefactor y la erosión del valor del dinero, lo que se denomina inflación reptante. Existe entre ambos un estrecho vínculo nacido de sus causas comunes y de su refuerzo recíproco. Los dos se inician lentamente, pero al poco tiempo el ritmo se acelera hasta que cuesta detener el deterioro, lo cual multiplica el peligro. Si los afectados supieran lo que les aguarda al final, tal vez se detendrían a tiempo. La dificultad estriba en que es extraordinariamente difícil lograr que se oiga la voz de la razón mientras todavía es tiempo. Los demagogos sociales emplean las promesas del Estado Benefactor y de la política inflacionaria para seducir a las masas y cuesta advertir a la gente de modo convincente acerca del precio que todos habrán de pagar al final. Tanto mayor razón para que aquellos cuya visión es más equilibrada y extensa redoblen sus esfuerzos por desengañar a los demás, sin atender a los violentos ataques de los demagogos sociales, poco escrupulosos para escoger sus medios, y de los funcionarios del propio Estado Benefactor.

Otra característica común del Estado Benefactor y de la inflación crónica es que ambos fenómenos demuestran, en forma clara y aterradora, de qué manera ciertas fuerzas políticas socavan los cimientos de una economía y una sociedad libres y productivas. Ambos son el resultado de opiniones masivas, reclamaciones masivas, emociones masivas y pasiones masivas, y a ambos los dirigen esas fuerzas en contra de la propiedad, la ley, la diferenciación social, la tradición, la continuidad y el interés común. Los dos convierten al Estado y al voto en medios para hacer que una parte de la comunidad avance, a expensas de las otras, hacia donde la mayoría del electorado empuja por la fuerza de su solo peso. Los dos son expresión de la disolución de aquellos principios morales firmes que antaño se aceptaban como incuestionables.

Límites y Peligros del Estado Benefactor

Hay, con todo, diferencias considerables entre el Estado Benefactor y la inflación crónica. Contra la inflación la única actitud correcta es el rechazo resuelto y airado; la menor desviación de esta conducta está mal. En cambio, el concepto del Estado Benefactor comprende muchas cosas que no se pueden rechazar de plano simplemente. Nuestra preocupación es, pues, no sólo la de condenar el Estado Benefactor como tal sino la de determinar sus límites y peligros. Debemos observar la máxima de que todo economista deseoso de estar a la altura de sus responsabilidades debe decidir con cuidado a cuál lado apoya.

No puede caber ninguna duda de que la época en que el Estado Benefactor necesitaba nuestra ayuda y defensa ya pasó. No es probable que falte el mínimo indispensable de previsión organizada por el Estado, en esta era de democracia masiva, de poderes sociales robustos, de igualitarismo desenfrenado y de "robo por votación" casi habitual. Asimismo, es más que probable que ese mínimo exceda peligrosamente, con perjuicio del pueblo, la salud de la sociedad y la fuerza de nuestra economía. No cabe titubear, pues, acerca de cuál lado debemos apoyar con la fuerza que podamos poseer. Son los límites y peligros del Estado Benefactor, y no sus ventajas cada vez más dudosas, los que exigen nuestra atención crítica.

Es indudable que desde 1945 ha ocurrido un cambio notable en todos los países. Las palabras "Plan Beveridge" deben bastar para recordar aquella época, hace más de un decenio, cuando muchos círculos recibieron con entusiasmo la idea que encontraba en el Plan Beveridge su expresión más interesante.[1] Tanto legos como expertos pensaban entonces que el futuro de la postguerra pertenecía a ese "Estado Benefactor". De hecho, en todas partes, y en especial en los países en que dominaban exclusiva o principalmente influencias socialistas, se hicieron esfuerzos para crear semejante Estado Benefactor garantizada y de igualación de ingresos. Prestaron ímpetu adicional a la tendencia los pronósticos errados que dieron alas al temor de una gran ola de desempleo después de la guerra. El entusiasmo se ha disipado en todas partes, incluso en Gran Bretaña y los países escandinavos. El ideal del Estado Benefactor ha cedido el paso a su práctica cotidiana. La desilusión y el desengaño, aun las dudas y la amargura, se van extendiendo y se alzan voces de crítica que no pueden pasar inadvertidas.[2] Pocos pueden cerrar todavía los ojos ante el contraste entre los éxitos extraordinarios de un orden social y económico que se apoya en las fuerzas reguladoras y estimulantes del mercado y de la libre empresa, por un lado, y, por el otro, los resultados de una redistribución constante del ingreso y la riqueza en aras de la igualdad. Es un contraste que a la larga se hace intolerable. Una u otro tendrá que ceder: la sociedad libre o el moderno Estado Benefactor. En las palabras de otro distinguido economista británico, Lionel Robbins, hombre que mide con cuidado lo que dice, "la sociedad libre no se ha de edificar sobre la envidia".[3]

Lo curioso es que este hinchado Estado Benefactor nuestro es en realidad un anacronismo. La asistencia pública organizada en beneficio de los económicamente débiles tuvo origen e importancia en un período determinado de la historia económica y social, el período entre la sociedad preindustrial y la sociedad industrial avanzada de hoy, cuando el antiguo patrón social se deshizo y el individuo, privado de su apoyo, se convirtió en desvalido proletario. Se creó así un vacío y surgió la necesidad de ayuda y asistencia, la que difícilmente se hubiera podido costear sin fondos públicos, a pesar de la caridad privada. La paradoja está en que hoy en día el moderno Estado Benefactor lleva al exceso el sistema de ayuda masiva organizada por el Estado precisamente en un momento en que los países económicamente avanzados han salido en gran medida de aquel período de transición y en que, por tanto, las potencialidades de autoayuda voluntaria, por parte del individuo o del grupo, están muy acentuadas.

La ayuda a las masas organizada por el Estado es sencillamente la muleta de una sociedad lisiada por el proletarismo, un recurso adaptado a la inmadurez económica y moral de las clases que surgieron de la descomposición del antiguo orden social. Este recurso fue necesario mientras los obreros de las fábricas, en su mayoría, fueran demasiado pobres para ayudarse solos, estuvieran demasiado paralizados por su situación proletaria para ser previsores y demasiado desligados de la antigua estructura social para contar con la solidaridad y ayuda de las pequeñas comunidades auténticas. Podemos prescindir de él en la medida en que tengamos la esperanza de vencer aquel ignominioso período de proletarización y desarraigo.

En la medida, pues, en que los países avanzados han salido de esta fase y pueden contar con un grado normal de previsión individual, el principio del Estado Benefactor ha perdido su razón de ser. Cuesta comprender por qué el Estado Benefactor crece con tal exuberancia precisamente ahora que ha perdido tanto de su carácter urgente.

Se suele mirar como progreso lo que seguramente deriva su origen y significado de las condiciones de un período de transición, casi terminado, en el desarrollo económico y social. Y se olvida que, al contrario, si hemos de tomar en serio el respeto por la persona humana, debemos medir el progreso por el grado en que se puede pretender que las grandes masas del pueblo se mantengan con sus propios recursos y bajo su propia responsabilidad, mediante el ahorro y el seguro, y las múltiples formas de ayuda voluntaria de grupo. Esto únicamente es lo que cabe, en último término, a hombres libres y maduros: ellos no deben recurrir constantemente al Estado en busca de una ayuda que, al cabo, sólo se podrá sacar del bolsillo de los contribuyentes o de las restricciones que la devaluación del dinero impone a sus víctimas.

¿Hemos de hablar de progreso si aumentamos continuamente el número de personas a las que hay que tratar como menores de edad y que por ende han de permanecer bajo la tutela del Estado? ¿Acaso no es progreso, por el contrario, si las grandes masas del pueblo cumplen la mayoría de edad en términos económicos, gracias a sus ingresos crecientes, y se hacen responsables de ellas mismas, de manera que podamos disminuir el Estado Benefactor en lugar de inflarlo más y más? Si la ayuda organizada por el Estado es la muleta de una sociedad tullida por el proletarismo y la masificación, entonces debemos dirigir todos nuestros esfuerzos a tratar de manejarnos sin esa muleta. Este es el verdadero progreso, desde cualquier punto de vista que se le mire. Se le puede medir por el grado en que logremos ensanchar constantemente el campo de la previsión individual y de grupos voluntarios a expensas de la previsión pública obligatoria. En igual medida venceremos también la proletarización y la masificación, además del peligro permanente de degradar al hombre a la condición de obediente animal doméstico en los gigantescos establos del Estado, a los cuales nos arrean y donde nos alimentan más o menos bien.

Contra este punto de vista se oye a veces la objeción de que si bien es cierto que el mejoramiento económico ha disminuido las necesidades de las masas en cuanto a ayuda pública, el aflojamiento de los vínculos familiares ha acrecentado esas necesidades. No se puede negar que los vínculos familiares se han aflojado. No obstante, podemos preguntar si la necesidad de ayuda de las masas no habrá disminuido, debido a los mayores ingresos, mucho más de lo que ha aumentado debido al aflojamiento de los vínculos familiares. En segundo lugar, podemos observar que no hay razón alguna para que debamos simplemente aceptar la disolución de la familia y de la solidaridad familiar. Hace poco, una diputada de la Cámara de los Comunes describió en forma conmovedora la situación de su padre para demostrar cuan insuficiente es todavía el Estado Benefactor. Pero esto no prueba la necesidad urgente de ayuda pública; sólo ofrece un indicio alarmante de la desaparición de los sentimientos naturales en el Estado Benefactor. En el hecho, la dama de marras recibió la única respuesta correcta cuando un colega del Parlamento le dijo que debía sentir vergüenza si a su padre no lo cuidaba adecuadamente su propia hija.

El moderno Estado Benefactor, que a la luz de estas reflexiones aparece como un anacronismo, sería incomprensible si no tomáramos en cuenta el hecho de que ha cambiado de significado. Su propósito esencial ya no es el de ayudar a los débiles y desvalidos, cuyos hombros carecen de fuerza suficiente para cargar con la vida y sus vicisitudes. Tal propósito va retrocediendo, incluso con frecuencia en desmedro de los más desvalidos. El Estado Benefactor de hoy no es simplemente una versión mejorada de las antiguas instituciones de seguro social y asistencia pública. En un número cada vez mayor de países se ha convertido en herramienta de revolución social en procura de la mayor igualdad posible de ingresos y de riqueza. El motivo dominante ya no es la compasión sino la envidia.[4]

Tomar ha llegado a ser al menos tan importante como dar. En ausencia de una cantidad suficiente de personas auténticamente necesitadas, es preciso inventarlas, de modo que la nivelación de la riqueza hacia abajo, hasta un promedio normal que satisface las injusticias sociales, se pueda justificar con frases moralizantes. El lenguaje del antiguo gobierno paternal sigue en uso, lo mismo que sus categorías, pero todo ello se está convirtiendo en una pantalla que oculta la nueva cruzada en contra de todo lo que ose exceder el promedio, ya sea en ingresos, riqueza o desempeño. La meta de esta revolución social no se cumple hasta que todo esté reducido al mismo nivel, y las pequeñas diferencias que subsisten dan aún mayor motivo para el resentimiento social; en cambio, es imposible imaginar una situación en la que el resentimiento social ya no encuentre de qué aferrarse. En tales condiciones no puede haber un fin previsible a este estado de cosas, mientras no se reconozca la adocenada filosofía subyacente del moderno Estado Benefactor y se la rechace como uno de los grandes errores de nuestro tiempo.[5] Las malas consecuencias, cada día más evidentes, del Estado Benefactor, entre ellas la inflación crónica, deberían ayudar a hacernos recapacitar.

Hay diversos enfoques posibles para tratar de definir más exactamente el cambio revolucionario del cual el Estado Benefactor es una expresión. Podríamos decir, por ejemplo, que es el resultado de un desarrollo en tres etapas durante los últimos cien años, comenzando con la etapa de la ayuda individual graduada de acuerdo a las necesidades verdaderas, pasado por el seguro social público, y terminando en la actual etapa de previsión universal que todo lo abarca. Otra interpretación se relaciona con la anterior. Según ella, la primera etapa fue de asistencia y estaba destinada a autoliquidarse tan pronto como fuera posible; seguía la idea de que la ayuda estatal debía llegar a ser una institución permanente, aunque selectiva, a la que se recurriría sólo en casos bien definidos. La última etapa es la del principio revolucionario de hoy, el cual convierte al Estado en una bomba de ingresos que trabaja día y noche, con tubos y válvulas, con flujos de succión y de presión, tal como la describió, hace más de diez años, su inventor, Lord Beveridge.

Por donde se le mire, la índole revolucionaria de esta última etapa es evidente. Todo un mundo separa a un Estado que ocasionalmente salva de la destitución a algún infortunado, de otro en que, en nombre de la igualdad económica y acompañado por el deterioro progresivo de la responsabilidad personal, se chupa constantemente una buena parte del ingreso privado con la bomba del Estado Benefactor, la que lo desvía, con considerables pérdidas por fricción. Todo entra en la misma olla, todo sale de la misma olla: tal viene a ser lo ideal. Como lo dijo sarcásticamente un astuto crítico británico: "Todo ha de ser igual y gratuito… menos los impuestos progresivos con los cuales se financia todo." (Walter Hagenbuch, en Lloyd"s Bank Review (julio, 1953), pág. 16.)[6]

El viejo y sano principio, conservador y filantrópico, de que aun los más pobres deben tener algo con qué contar, se ha trocado por otro muy distinto: la socialización creciente del uso del ingreso, apoyada en la teoría niveladora del Estado, de que toda ampliación de los servicios sociales para las masas es un hito de progreso. Como en tal sistema la necesidad personal auténtica, tal como se la identifica caso por caso, deja de ser el patrón de la ayuda, resulta, como lo hemos dicho, que los más pobres y débiles frecuentemente salen perdedores. El carácter inequívocamente colectivista del Estado Benefactor conduce, en el caso extremo, a aquello que otro crítico británico, Colm Brogan, ha dado en llamar el Estado de la mesada. Es un Estado que priva a las personas del derecho a disponer libremente de sus ingresos y se los quita por medio de impuestos, y que, en cambio, luego de descontar los costos administrativos extraordinariamente elevados del sistema, se encarga de la responsabilidad de satisfacer las necesidades más esenciales, ya sea por entero (como es el caso de la educación o de la atención médica) o en parte (como es el caso de la vivienda o alimentación subvencionada). Lo que al último conservan las personas de sus ingresos es una mesada, dinero que se gasta en las pollas del fútbol o de la televisión.

Hace cien años Heinrich Heine resumió en los versos siguientes el ideal de un epicureismo igualitario y colectivista:

Frutos dulces para todos,
las vainas entreguen su don;
con gusto los cielos dejamos
al ángel y al gorrión.[7]

Los "frutos dulces para todos" se han cumplido, gracias a una socialización de la vida que Heine habría aborrecido, pese a sus coqueteos teóricos con el socialismo. Que ellos compensen aquello que Heine con irreverencia llama "los cielos" es asunto distinto y muy dudoso.

La situación que los principales países del Estado Benefactor ya han alcanzado y que los demás persiguen coincide asombrosamente con la visión que un contemporáneo de Heine, Alexis de Tocqueville, entregó en su obra clásica Democracia en América: "(El Estado) cubre la superficie de la sociedad con una red de pequeñas reglas, menudas y uniformes, que ni las mentes más originales ni los caracteres más enérgicos pueden penetrar para alzarse por encima de la muchedumbre. La voluntad del hombre no se destruye sino que se suaviza, se pliega y se dirige; raras veces se obliga a alguien a actuar, pero a todos se les frena constantemente en su acción. Un poder semejante no destruye la vida sino que la impide; no es tiránico con el pueblo, sino que lo comprime, lo enerva, lo apaga y lo atonta, hasta que cada nación queda reducida a poco más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, donde el gobierno es su pastor." (Vol. II, libro IV, Capítulo 6, pág. 319.) Hace poco un distinguido socialista alemán aventuró la observación (en un artículo del Deutsche Rundschau) de que, gracias al desarrollo del Estado Benefactor, la "humanización del Estado", la noble aspiración de Pestalozzi, iba cediendo, incluso más acá de la Cortina de Hierro, a la "estatización del hombre".

Tal es el carácter revolucionario del moderno Estado Benefactor. Sus huellas están por doquier. Una de ellas es la extensión al parecer irresistible de la previsión pública a clases cada vez más amplias que, si las dejaran tranquilas, se mantendrían por cierto solas, pero que ahora se encuentran bajo la tutela del Estado. Otra particularidad del Estado Benefactor moderno, íntimamente ligada a su naturaleza, es también notable. Antiguamente, como ya lo dijimos, la asistencia pública estaba dirigida a servir de sustituto temporal y subsidiario de la propia mantención y en tal calidad tenía por objeto asegurar sólo cierto mínimo; hoy los servicios públicos son cada día más habituales, a menudo con la intención apenas velada de cumplir normas máximas, incluso de lujo. Sea como fuere, nada es tan caro al corazón de los nuevos ideólogos del socialismo fiscal como la tributación más alta posible y podemos estar ciertos de que no sienten ningún impulso irresistible a economizar en aquellos campos en los que pueden conferir bendiciones a las amplias masas de votantes.

Quizá podamos aclarar aún más todo esto si ilustramos el cambio con algunos ejemplos. Campo muy fructífero para tal fin es, otra vez, la política de vivienda. Casi todos los países conocen esta especial manifestación del Estado Benefactor. El antiguo y meritorio principio de que en el mercado de viviendas existen algunos problemas marginales que merecen un poco de ayuda, se ha transformado hasta hacerse irreconocible. Con el pretexto de la guerra y sus consecuencias, lo ha reemplazado una política de largo plazo de alquileres bajos, primero a costa de la minoría políticamente débil compuesta por los arrendadores, quienes en ciertos países resultan así expropiados; enseguida, a costa de los contribuyentes, quienes, desde luego, coinciden en gran medida con los arrendatarios subsidiados, de modo que pagan en impuestos lo que ahorran en alquiler; y luego a costa de los residentes de edificios nuevos sin subsidio, cuyos alquileres suben empujados por el sistema de alquileres controlados;
y por último a costa del conjunto de capital de la nación. Hemos llegado al punto en que parece extraño incluso preguntar por qué todo el mundo no paga de su bolsillo, como era costumbre antes, el precio total de costo de su departamento, igual como paga por su ropa.

Otro cambio muy característico se ha producido en el campo igualmente importante de la educación. En muchos países el antiguo y probado principio de ayudar con becas a los jóvenes dotados, pero, en cuanto a los demás, contar con que los padres contribuirán a la educación superior de sus hijos, se ha reemplazado con el ideal de un sistema de educación público y uniforme, gratuito a todos los niveles y por ende completamente socializado. Uno apenas se atreve a avanzar la idea de que no hay nada malo en pretender que los padres normalmente se sacrifiquen por la educación de sus hijos. Las consecuencias de esta suerte de jacobinismo educacional se hacen cada día más visibles y tal vez terminen por conducir a un viraje de la opinión pública. En Gran Bretaña, que es donde el sistema ha llegado más lejos, se sospecha que aquellas personas que están dispuestas a hacer sacrificios personales para ofrecer a sus hijos una educación mejor que la que reciben gratis en la máquina educacional del Estado no tienen una actitud "social" correcta. De nuevo podríamos preguntar por qué es correcto y natural pagar de nuestro bolsillo todos los gastos de un automóvil, y por qué se considera que lo es traspasar los gastos al Estado, es decir, al contribuyente y por tanto, posiblemente, otra vez a nosotros mismos, cuando se trata de la educación de nuestros hijos; pero aquí, como en otros campos, la pregunta misma es una herejía y manifestación de opiniones reprochables.[8]

Como último ejemplo importante tomemos el caso, reconocidamente difícil, de los servicios médicos. Otra vez se puede trazar claramente el camino que va de la política social de estilo antiguo al moderno Estado Benefactor. El principio original, según el cual los más débiles económicamente debían verse liberados del riesgo de operaciones costosas o de enfermedades prolongadas, ha ido cambiando, en nuestra generación, a una cosa enteramente distinta. Paso a paso se han socializado los servicios de salud y el Servicio Nacional de Salud británico es la cumbre más acá de la Cortina de Hierro; la excepción se ha convertido en regla y la asistencia que se daba para suplir necesidades auténticas se ha transformado en sistema permanente.

De este modo nos estamos alejando más y más de la regla según la cual las personas que pueden mantenerse en otros aspectos deben, en principio, prever en su presupuesto privado lo necesario para la salud y contar, si lo desean, con un seguro como institución inventada para los riesgos de lo imprevisible. Tal principio, en todo caso, debe verse como principio sano y normal, apropiado para una economía de mercado, y debe hallar la más amplia aplicación posible. La situación a la que ha llegado el seguro de salud obligatorio, en la mayoría de los países industrializados occidentales, sugiere con urgencia que debemos recordar este principio. El propio seguro de salud obligatorio se encuentra gravemente enfermo en casi todas partes y hay que procurar su recuperación de las siguientes maneras principales: primero, el seguro obligatorio debe limitarse a aquellas clases para las cuales el riesgo de enfermedad constituye una carga onerosa y que no se prestan fácilmente al seguro voluntario; segundo, debemos estimular todas aquellas múltiples formas de asistencia descentralizada de las cuales Suiza puede figurar como modelo; y tercero, en todos los sistemas de seguros de enfermedad debemos introducir contribuciones personales al costo, universales y sustanciales, fácilmente ajustables en caso de dificultades.[9]

Procuremos ahora estimar la importancia que tiene el Estado Benefactor en la civilización, sociedad, economía y vida pública modernas. Como es natural, sólo podemos destacar algunos aspectos sobresalientes.

Comencemos con una circunstancia que tiene especial importancia en vista de las dudas ya mencionadas y las que faltan por mencionar. Los peligros que encierra el Estado Benefactor son tanto más serios porque no hay nada en la naturaleza de éste que lo limite desde adentro. Por el contrario, tiene una tendencia opuesta y vigorosa a seguir extendiéndose. Por ello es tanto más necesario imponerle límites desde afuera y vigilarlo con ojo agudo y crítico. Con su ampliación continua el Estado Benefactor procura abarcar cada vez más incertidumbre de la vida y alcanzar a círculos cada vez más anchos de la población, pero a la vez tiende a aumentar las cargas de esta última; y la razón de este peligro es que si bien la ampliación es fácil y tentadora, toda revocación de una medida, que posteriormente se reconoce como precipitada, resulta difícil y, en último término, desde el punto de vista político, impracticable.

Cuesta imaginarse que Gran Bretaña hubiera organizado el Servicio Nacional de Salud, en su actual forma de amplio alcance, si la población hubiera sabido de antemano cómo iba a resultar, o aun si algunas interrogantes que hoy parecen elementales se hubieran planteado y meditado a tiempo.[10] Lo mismo cuesta imaginarse cómo podría deshacerse hoy lo hecho, y por eso la gente trata de acomodarse como mejor puede. Pero todo paso adicional por el camino de Estado Benefactor debe estudiarse con la mayor cautela, con una visión muy clara de las consecuencias y a sabiendas de que, igual que la disminución en la edad mínima para votar, normalmente será irreversible.

El Estado Benefactor no sólo carece de frenos automáticos y no sólo aumenta de velocidad a medida que avanza, sino que se mueve por una calle con tránsito en un solo sentido, en la cual es imposible o al menos muy difícil, en la práctica, volver atrás. Peor aún, este camino lleva indudablemente a una situación en que el centro de gravedad de la sociedad se traslada hacia arriba, alejándose de las comunidades auténticas, pequeñas, humanas y cálidas, hacia el centro de la administración pública impersonal y de las organizaciones masivas impersonales que la acompañan. Ello significa una creciente centralización de las decisiones y de la responsabilidad, y la creciente colectivización del bienestar del individuo y de su patrón de vida.

Hay que analizar los efectos de esta situación con mucho cuidado y en todos sus aspectos. Hasta aquí hemos podido confiar en las reacciones de individuos que saben que deben asumir la responsabilidad de determinados riesgos; pero debemos tener muy claro que el Estado Benefactor, al mover hacia arriba el centro de gravedad de las decisiones y la responsabilidad, debilita o distorsiona esas reacciones. ¿Cuál sería el efecto sobre la producción si los individuos se viesen liberados de las consecuencias de un mal desempeño, pero privados, al mismo tiempo, de incentivos al buen desempeño, en especial cuando éste acarrea cierto riesgo? ¿Qué efecto se produce sobre decisiones importantes como son las que conciernen al ahorro y la inversión? ¿Qué ocurre con la tasa de natalidad, que en el pasado estaba limitada, hasta cierto punto, por el hecho de que el individuo era responsable de su familia, cualquiera fuese su tamaño, en cambio hoy se ve liberado de esa responsabilidad o incluso se le permite beneficiarse con la procreación? Estas son algunas de las interrogantes que toda persona desprejuiciada debe plantear hoy. El individuo y su sentido de responsabilidad constituyen el resorte maestro secreto de la sociedad y este resorte corre peligro de debilitarse si la máquina niveladora del Estado Benefactor disminuye tanto los efectos positivos del desempeño mejor como los negativos del desempeño peor. No causa sorpresa ver que algunos observadores, entre ellos nada menos que el Mariscal Montgomery, comiencen a preguntarse si el desmesurado Estado Benefactor no va camino de socavar la salud moral y social de la nación que sucumbe a sus tentaciones. Algo semejante debe de haber tenido en la mente Goethe cuando, dos años antes de la Revolución Francesa, escribió esta profética frase: "Debo decir que creo que el humanismo finalmente prevalecerá; pero me temo que al mismo tiempo el mundo se va a convertir en un inmenso hospital, donde cada cual atiende a su vecino." (Italienische Reise II, Nápoles, 27 de mayo, 1787.)

Tampoco podemos pasar en silencio otra cuestión que ya se ha planteado con toda seriedad y que, a decir verdad, no se puede eludir. Es la cuestión de si los costos aplastantes del Estado Benefactor, que ya no se pueden reducir sin consecuencias políticas adversas, no constituyen uno de los principales factores que perjudican la resolución del mundo libre y la fuerza de su defensa militar contra el imperio comunista, obligando así a Occidente a concentrarse más y más en la defensa nuclear. Ello, por cierto, no impide que aquellos, precisamente, que más simpatizan con el Estado Benefactor quieran arrebatarle a Occidente incluso esta última arma desesperada que ese mismo fenómeno le ha dejado.

El extremo individualismo del pasado no es el menos culpable de la vuelta que ha traído consigo el extremo opuesto, el moderno Estado Benefactor. Es sin duda señal de una sociedad sana que el centro de gravedad de las decisiones y de la responsabilidad quede a medio camino entre los dos extremos: el individuo y el Estado, dentro de comunidades pequeñas y auténticas, entre las cuales la más indispensable, primaria y natural es la familia. Y es sin duda nuestra tarea la de estimular el desarrollo de la gran diversidad de comunidades pequeñas y medianas, y por ende de la asistencia de grupo, en círculos donde todavía hay espacio para la acción voluntaria, el sentido de responsabilidad y el contacto humano, y que evitan la fría impersonalidad de los servicios sociales masivos.

El moderno Estado Benefactor es, a no dudarlo, la respuesta a la desintegración de las comunidades auténticas durante los últimos cien años. Esta desintegración es una de las peores herencias que nos ha dejado el pasado, ya la llamemos civilización de masas, proletarización o por cualquier otro nombre. Pero es una respuesta errada. Ya lo dije hace más de diez años, cuando tal era la esencia de mi crítica del Plan Beveridge. Lejos de curar esta enfermedad de nuestra civilización, el Estado Benefactor alivia algunos síntomas de la dolencia, a expensas de agravarla poco a poco y de hacerla por fin incurable. Por ejemplo, es una lamentable incomprensión del problema el permitir que los fondos de asignaciones familiares absorban hasta a la familia misma dentro del sistema estatal de bombeo de ingresos.

Falta algo peor. Si el Estado moderno se encarga cada vez más de repartir beneficencia y previsión a todos lados, a beneficio primero de unos, luego de otros, tiene que degenerar en una institución que estimula la desintegración moral y prepara su propia condena final. Nuevamente recordamos la maliciosa definición de Frédéric
Bastiat; el Estado moderno calza con ella cada vez más estrechamente. También confirma a Dean Inge, quien con pesimismo veía la política como el arte de birlar dinero de los bolsillos del partido contrario y meterlo en los del partido propio, y ganarse la vida con ello.

No se puede decir que el carácter moralmente edificante de una política que desviste a un santo para vestir a otro sea de inmediato evidente. Pero degenera en un sistema absurdo de bombeo de dinero en dos direcciones, cuando el Estado le roba a casi todo el mundo y le paga a casi todo el mundo, de tal modo que al final nadie sabe si en el juego ha ganado o ha perdido. También convendría no traer a colación la moralidad cuando las injusticias sociales y la política despiadada de los grupos de presión terminan con el derecho al ingreso bien ganado y a la propiedad de los demás, y por tanto en la tributación confiscatoria que todos hemos llegado a conocer bien.

Es cierto, desde luego, que las personas no siempre se dan cuenta de que cuando recurren al Estado para satisfacer sus deseos, sus reclamaciones se pueden cumplir sólo a expensas de los demás. Ya conocemos el sofisma subyacente. Se apoya en la costumbre de mirar al Estado como una suerte de cuarta dimensión, sin detenerse
a pensar que su alcancía ha de llenarla el conjunto de los contribuyentes. Un derecho a dinero del Estado es siempre un derecho indirecto al dinero de otra persona, cuyos impuestos contribuyen a la suma que se exige: es una simple transferencia de poder comprador por intermedio del Estado y de sus poderes obligatorios. Es asombroso ver por cuánto tiempo el moderno Estado Benefactor puede oscurecer este hecho natural y simple.

Cuanto más se extiende la aplicación del principio del Estado Benefactor, más se acerca el momento en que la gigantesca bomba aparece como un engaño para todo el mundo y termina por convertirse en un fin en sí misma, lo que a la postre no beneficia a nadie salvo a los mecánicos que se ganan la vida manipulándola, esto es, los burócratas. Ellos, como es natural, tienen interés en oscurecer los hechos. No obstante, existe una circunstancia que debe ayudarnos a comprender cómo este engaño puede funcionar durante tanto tiempo; es el hecho de que pocas cosas han contribuido más al desarrollo reciente del Estado Benefactor que el concepto, nacido de la Gran Depresión, de que la sociedad era inmensamente rica, pero que su riqueza permanecía en potencia mientras la circulación monetaria fuese defectuosa y que podría transformarse en riqueza efectiva mediante el aumento de la demanda real. Así, despertada de su letargo, la riqueza sería distribuida con justicia por el Estado Benefactor. Al mismo tiempo, y ésta es una de las conclusiones más populares que se sacan de la doctrina keynesiana, tal redistribución del ingreso aumentaría el consumo masivo y reduciría el ahorro, con lo que sería el mejor medio de asegurar el empleo pleno y de mantener abiertas las fuentes del Estado Benefactor.

Fue la depresión de los años treinta la que estimuló esta fe en una suerte de autofinanciamiento del Estado Benefactor amplio, otra clase de "cuarta dimensión"; y es esta fe únicamente la que puede explicar la temeridad con que se ha descuidado durante tanto tiempo el problema del costo.

Hoy ya pasó el tiempo de las ilusiones. Ha quedado en claro y se sostiene ampliamente, en especial en Gran Bretaña,[11]11 que si se quiere seriamente poner en práctica el Estado Benefactor, es preciso usar la tributación para impulsar la redistribución del ingreso a todo nivel y hay que recurrir incluso a los grupos de ingresos más bajos para que ayuden a financiar el sistema. La carga de los servicios sociales masivos, que impone el Estado, ya no la pueden sostener los ingresos más altos solos, y hay que colocarla sobre los hombros de las mismas masas cuyos intereses ha de servir el sistema. Esto quiere decir, en gran medida, que el dinero se saca del bolsillo derecho de la gente y se mete en el izquierdo, pasando por el Fisco y las inmensas pérdidas por fricción que con ello se generan. Ahora ha quedado en claro que, bajo el hechizo de esa ilusión de "pobreza en medio de la abundancia", la gente sobreestimó la riqueza potencial aun en el caso más favorable. También ha quedado en claro que hay un precio que pagar, en los costos de una maquinaria estatal cada vez más poderosa, en el entorpecimiento de la voluntad de trabajar y de la responsabilidad individual, y en la triste penumbra de una sociedad en la que el enojo arriba y la envidia abajo sofocan el sentido cívico, el espíritu público, el ocio creativo, las relaciones amistosas, la generosidad y la auténtica comunidad. Lo que queda es la bomba de Leviatán, el insaciable Estado moderno.

El límite último del Estado Benefactor se encuentra, pues, en aquel punto en que su mecanismo de bomba comienza a engañar a todos. Algunas naciones ya han llegado a este punto. Podríamos hacer la pregunta herética de si no estarían mejor todos si se desmantelara el Estado Benefactor, salvo un mínimo indispensable, y si el dinero ahorrado así se dejara a servicios sociales de corte no estatal.[12]

La pregunta se hace más urgente por el hecho de que hay dudas legítimas acerca de si la inmensa carga tributaria a la cual contribuyen decisivamente los compromisos del Estado Benefactor, se compadece a la larga con un orden económico libre y si puede continuar sin una presión inflacionaria permanente.

Hay otro aspecto gravísimo de esta situación que generalmente recibe escasa atención. Es que la fraseología social de moda tiende a oscurecer el hecho de que la compulsión directa o indirecta inherente al Estado Benefactor tira a politizar la previsión social. Las consecuencias son evidentes. La previsión contra los riesgos de la vida está a merced tanto de la burocracia estatal como de la pugna política.

Así, nuestra época, tan rica en paradojas, alaba como progreso aquello que, en el hecho, acrecienta el poder del Estado nacional. Cuanto más apelemos a la solidaridad de las personas de la misma nacionalidad o del mismo domicilio y cuanto más las fundamos en una "comunidad nacional" dentro de la cual el dinero se transfiere de un lado a otro, tanto más perfectamente vamos a "nacionalizar" al hombre con perjuicio de la libre comunidad internacional de los pueblos y de su solidaridad.

En el siglo XIX Ernesto Renán todavía podía definir a una nación como "un plebiscito de todos los días"; ahora vamos acercándonos al día en que podremos definirla como un fondo de pensiones, un mecanismo de previsión obligatorio en el que pasaporte y certificado de residencia son una póliza de seguro gratuita, una succión de los ingresos "de todos los días". El ahorro y el seguro privado son formas de prevenir riesgos que pertenecen al terreno de la racionalidad económica, el mercado, el derecho privado y la libertad. Aquí no existen fronteras nacionales. El campo de la inversión privada y del seguro es el mundo entero; pero la previsión nacional cae en el terreno de la política, la organización colectivista, el derecho público y la compulsión, y por tanto encierra a las personas tras las rejas del Estado nacional. Los servicios sociales cuya columna vertebral es la compulsión estatal son, en sentido estricto, servicios nacionales, y el seguro social no es sino seguro nacional, salvo, por cierto, que pensemos en un estado mundial, donde alemanes, italianos, argentinos y etíopes participen en un fondo mundial de pensiones.

La lista de las paradojas e ilusiones del Estado Benefactor no se agota todavía. Hay otra circunstancia que merece mención. Muchísimas personas piensan que los impuestos a los ingresos superiores simplemente significan suprimir los gastos en objetos de lujo y que el poder comprador que se retira de arriba se canaliza a fines "sociales" abajo. Es un error elemental. Es obvio que hasta ahora los ingresos más altos (y la mayor riqueza) se han gastado principalmente en fines que interesan a todos. Cumplen funciones de las cuales la sociedad no puede en absoluto prescindir. La formación de capital, la inversión, los gastos culturales, la caridad y el patrocinio de las artes, entre muchas otras. Si hay una cantidad suficiente de personas adineradas y si se encuentran dispersas, entonces es posible que un hombre como Alejandro von Humboldt financie de su propio bolsillo empresas científicas valiosas para todos, o que Justo von Liebig financie sus propias investigaciones. Entonces se hace posible también que haya puestos para profesores particulares y miles de otros peldaños en la escala que pueden trepar los más dotados, cuya diversidad misma hace mucho más probable que aparezca alguna ayuda en alguna parte, en tanto que en el moderno Estado Benefactor su destino pende de la decisión de un solo funcionario o de la suerte de un solo examen.[13]

Si, pues, se aplasta con impuestos progresivos a los grupos de más altos ingresos, es evidente que algunas de sus funciones tendrán que abandonarse y que, como son indispensables, las tomará a su cargo el Estado, aun cuando sólo se trate de mantener algún monumento histórico que solía ser de propiedad privada. En este sentido, al menos, el poder comprador que se retira de arriba no queda a disposición del Estado Benefactor. Hay que reservarlo para pagar, con fondos públicos, aquellos servicios privados que los impuestos han hecho imposibles. Esto anula el objeto del Estado Benefactor. Si éste se atribuyera algún mérito por educar, digamos, a un genio como Gauss a expensas del erario, la respuesta es que en el caso del propio Gauss la tarea se cumplió de manera excelente y nada burocrática, no sólo por parte del Duque de Brunswick sino de muchos otros que hoy en día se verían impedidos de hacerlo por los impuestos del Estado Benefactor, o bien a quienes, en última instancia, no les quedaría estímulo ni ganas de gastar su dinero de ese modo.

En tal caso, entonces, la pérdida de poder comprador de los grupos de más altos ingresos no se compensa con una ganancia de parte de los grupos de ingresos más bajos. El beneficio pasa no a las masas sino al Estado, el cual crece en poderío y en influencia. Al mismo tiempo, se impulsa fuertemente el absolutismo estatal moderno, con su centralización de las decisiones relativas a asuntos importantísimos, como son la formación de capital, la inversión, la educación, la investigación científica, el arte y la política. Lo que solía ser servicio voluntario y personal es hoy, en el mejor de los casos, servicio estatal, centralizado, impersonal, obligatorio, burdamente estereotipado y comprado al precio de la libertad disminuida.

Es inevitable que semejante socialización de los usos del ingreso para funciones de importancia social torne opresivo el clima moral del país. La bondad, el cargo honorífico, la generosidad, la conversación tranquila, el otium cum dignititate, todo aquello que Burke llama por el nombre ahora tan conocido de las gracias no compradas de la vida, todo ello se ahoga bajo la mano estranguladora del Estado. Todo, paradójicamente, en un Estado Benefactor, todo se comercializa, todo es objeto de cálculo, todo pasa a la fuerza por la bomba de dinero-ingreso del Estado. Casi nada se hace ya de manera honoraria, porque pocos pueden darse ese lujo: el sentido cívico
y el espíritu público se transforman arriba en enojo y abajo en envidia. En tales condiciones, todo lo que se hace se hace profesionalmente y por dinero. Queda un margen más estrecho del ingreso disponible para los dones gratuitos, el sacrificio voluntario, una forma de vida cultivada y cierta amplitud del gasto, y por tal motivo el ambiente no es propicio para la liberalidad, la diversidad, el buen gusto, la comunidad y el espíritu público. La civilización se frustra. Ésta es una de las raíces de aquel tedio mortal que, como ya hemos tenido ocasión de señalar antes, parece que es rasgo característico del Estado Benefactor avanzado. Otra raíz de este mal está estrechamente relacionada. Es que el Estado Benefactor, al contrario del propósito que proclama, tiende a petrificar la estratificación económica y social, y puede impedir el movimiento entre clases y no facilitarlo. La tributación elevada, especialmente en forma de impuestos a la renta fuertemente progresivos, golpea más duro, con seguridad, aquellos ingresos que son lo suficientemente altos como para permitir que se acumule la riqueza y que se corran riesgos comerciales.[14] ¿No va a ser así forzosamente (y también por muchas otras razones que no cabe analizar aquí) más difícil instalar nuevos negocios y adquirir propiedades? ¿No quiere decir esto que se hace cada vez más difícil para cualquiera trabajar para elevarse por encima del ancho y bajo llano de los ganapanes que no tienen propiedad? ¿Y no resulta también mucho menos atrayente siquiera tratar de hacerlo, especialmente puesto que el propio Estado Benefactor se encarga de una suerte de cómoda alimentación de pesebrera para las masas domesticadas? ¿No es forzoso que esto beneficie precisamente a las grandes empresas? Al mismo tiempo, la vida en semejante país se convierte en algo tan emocionante y entretenido como un juego de naipes en que al final las ganancias se reparten por igual entre los jugadores. En tales condiciones parece tarea inútil la de procurar elevarse uno mismo económica o socialmente, salvo que uno elija ser funcionario, ya sea público o en las grandes empresas. Son los funcionarios los que se convierten cada vez más en los pilares y beneficiarios del sistema, sin excluir al número creciente de funcionarios de las organizaciones internacionales que se multiplican y crecen incesantemente.

En tal sentido, entonces, podemos preguntarnos si el Estado Benefactor abierto no contrarresta uno de sus propios propósitos principales. Igual que la pretensión del Estado Benefactor en el sentido de que afloja la estratificación de clases, su pretensión de ser instrumento de igualdad es muy dudosa. Si bien es cierto que procura la igualdad en el sentido que hemos analizado hasta aquí, no lo hace en otro sentido decisivo y enteramente deseable. La redistribución continua y obligatoria del ingreso impulsa indudablemente la igualdad material. Pero ¿a qué precio? Esta política acarrea inevitablemente una creciente concentración del poder en manos de la administración que dirige el flujo de ingreso y esto, no menos inevitablemente, significa una creciente desigualdad en la distribución del poder. ¿Acaso alguien negaría que la distribución de este bien no material, el poder, es incomparablemente más importante que la distribución de bienes materiales, puesto que el primero es decisivo para la libertad o falta de libertad de los hombres?

Decir esto es decir nada menos que el moderno Estado Benefactor, dadas las dimensiones a las que ha llegado o amenaza llegar, es muy probablemente la principal forma de sometimiento del hombre al Estado que existe en el mundo no comunista. El Estado Benefactor no resuelve, o resuelve sólo a medias, los problemas que es su objeto resolver; por el contrario, los torna menos susceptibles de soluciones serias y auténticas. En cambio, hace que el poder del Estado adquiera proporciones gigantescas, "hasta que cada nación se reduce a nada más que un rebaño de animales de trabajo tímidos e industriosos, de los cuales el gobierno es el pastor". Nos obliga a aceptar la idea de que la visión de Tocqueville tiene todas las probabilidades de cumplirse ahora, cien años después.

El Problema de la Previsión Social en una Sociedad Libre

Tenemos, pues, que estar alertas a los graves peligros que esta situación encierra para la salud del Estado, de la economía y de la sociedad, igualmente, y para la libertad, el sentido de responsabilidad y la naturalidad en las relaciones humanas. El deseo de previsión, si bien en sí mismo natural y legítimo, puede convertirse en obsesión, la que en último término hay que pagar con la pérdida de la libertad y de la dignidad humana, aunque la gente lo comprenda así o no. Al final, está claro que quienquiera esté dispuesto a pagar este precio no se queda ni con libertad y dignidad ni con previsión, porque no puede haber previsión sin libertad y protección contra el poder arbitrario. A este precio exorbitante hay que agregar otro, como ya veremos, esto es, la disminución continua del valor del dinero. Con seguridad, cada uno de nosotros tendrá que comprender entonces que la previsión es una de esas cosas que se alejan más y más cuando más desenfrenada y violentamente las deseamos.

Podemos contrarrestar estos peligros solamente si nos negamos a dejarnos arrastrar por la corriente. Ante todo debemos precavernos de las frases turbadoras. Una de las más peligrosas y seductoras es aquella de verse "libres de necesidad", inventada por el difunto Presidente Roosevelt, aquel maestro de la frase alucinante, dentro de la conocida lista de las cuatro libertades.

Basta con que pensemos un poco para darnos cuenta de que se trata, en primer lugar, de un mal uso, demagógico, de la palabra "libres". El estar libres de necesidad no significa sino la ausencia de algo ingrato, algo así como estar libres de dolor o de lo que se nos ocurra. ¿Cómo podría compararse esto con la auténtica "libertad" como uno de los conceptos morales supremos, lo opuesto a la compulsión impuesta por otros, lo que se quiere decir en las expresiones libertad personal, libertad de opinión y otros derechos de libertad sin los cuales no podemos concebir la conducta verdaderamente ética y la aceptación del deber? Un prisionero está totalmente "libre de necesidad", pero se sentiría con razón objeto de burla si le mostráramos esto como libertad auténtica y envidiable. Haríamos bien en negarnos a seguir a este flautista con su melodía de "libres de necesidad" hasta llegar a un estado que nos roba la libertad verdadera en nombre de la falsa y donde, sin saberlo, nos distinguimos apenas del prisionero, salvo que quizá no haya escapatoria de nuestra prisión, el Estado totalitario o cuasitotalitario.

Si proseguimos con esta línea descubrimos algo extraño. Lo cierto es que lo que se quiere decir al hablar de estar "libres de necesidad" es prácticamente inseparable de la compulsión, esto es, lo exactamente opuesto a la libertad. La razón es la siguiente.

Estar necesitado significa encontrarse en una situación, por cualesquiera razones, en la cual carecemos de los medios de subsistencia y estamos incapacitados para procurarlos con ingresos corrientes, porque estamos enfermos o cesantes o en quiebra, o porque somos demasiado jóvenes o demasiado viejos. Nos vemos libres de esta necesidad solamente si podemos disponer de medios de una fuente distinta de nuestra producción corriente. Hay, pues, que proveer para que podamos consumir sin producir al mismo tiempo.

El caso más simple y menos problemático es aquel en que consumimos lo que hemos guardado de nuestra producción anterior. Un ejemplo importante es el de poseer una casa, construida o adquirida en mejores tiempos, que nos proporcionará el bien vital del abrigo también en los tiempos malos. Pero aparte de eso, la costumbre de acumular bienes en prevención de tiempos de necesidad no es lo habitual, ni en el individuo ni en la sociedad. No es, de hecho, lo que ocurre en nuestra sociedad altamente diferenciada. Si hemos guardado dinero y ahora lo usamos, no es lo mismo que si comemos la mantequilla y la manteca producidas anteriormente, que nos aguardan en algún almacén. Al contrario, tales almacenes serían síntomas de graves perturbaciones en el flujo circular de la economía. El consumo de nuestros ahorros significa normalmente que se nos mantiene con la producción actual en virtud del derecho que tenemos a ella por haberlo adquirido con nuestro esfuerzo productivo anterior, certificado por la sociedad por medio del dinero. En otras palabras, en tiempos de necesidad vivimos consumiendo lo que otro produce y no consume. Si dejamos de lado por el momento ciertas reservas y refinamientos sobre los cuales volveremos más adelante, esto es lo que significa la ayuda en el marco de la sociedad en su conjunto: el trabajo contemporáneo también produce en favor de quienes, en circunstancias de privación, consumen sin producir.

Con qué derecho los necesitados se nutren del flujo actual de la producción es cuestión muy distinta. El seguimiento de esta cuestión nos lleva a una encrucijada donde un brazo del poste señala el Estado Benefactor.

Las emergencias se pueden suplir ya sea con la providencia del propio individuo o bien con ayuda extraña. Es providencia propia si yo, con mi propio esfuerzo y bajo mi propia responsabilidad, he hecho provisión para las vicisitudes de la vida por medio del ahorro o del seguro; es ayuda extraña si yo traspaso esta carga a otros. La ayuda extraña puede ser voluntaria; puedo, por ejemplo, pedir prestado o aceptar la caridad, o el apoyo de mi familia, o de algún otro grupo, el cual, a su vez, cuenta conmigo cuando algún otro miembro necesita ayuda. En caso contrario, es obligatoria, y como esta obligación
no sería de otro modo necesaria, se la considera una carga impuesta por el poder del Estado. Esto se expresa bien en el nombre mismo de "cargas sociales", las que, en la práctica, no se distinguen de la carga tributaria.

Ahora bien, es evidente que el lema "libres de necesidad" no tiene el carácter de un llamado a ser previsores, a ahorrar y asegurarse. No lo entendieron así, en este sentido de buena dirección doméstica, ni Roosevelt ni las masas. Lo que se da a entender es la ayuda extraña, no voluntaria sino obligatoria y en gran escala. Pero en ese caso todo lo que estar "libres de necesidad" significa es que algunos consumen sin producir mientras que otros producen y se ven obligados a renunciar a consumir una parte de su propia producción. Ese es el hecho escueto y elemental.

Ello justifica tres conclusiones. Primero, vemos una vez más cuán insensata es la idea de una suerte de cuarta dimensión, de un cuerno de la abundancia de cuyo interior se puede satisfacer cualquier reclamo de cualquier clase que pida ayuda debido a necesidad real o ficticia. No se puede repetir con demasiada frecuencia que lo que se da a uno hay que quitarlo a los demás, y que siempre que decimos que el Estado debe ayudarnos, estamos exigiendo el dinero, las ganancias o los ahorros de otro.

Con esto llegamos al segundo punto. Si es verdad que el moderno Estado Benefactor no es sino un sistema de providencia obligatoria organizada por el Estado y en constante crecimiento, es obvio que debe competir con las otras formas en que una sociedad libre se provee a sí misma: la autoprovidencia mediante el ahorro, el seguro y la ayuda voluntaria procedente de la familia y del grupo. Cuanto más se extiende el sistema obligatorio, tanto más invade la zona de la autoprovidencia y de la ayuda mutua. La capacidad de proveer para uno mismo y los miembros de la familia o de la comunidad disminuye y, lo que es peor, disminuye también la disposición a hacerlo. Peor aún, es demasiado claro que no hay cómo detenerse en este camino, porque cuanto menos capaces y dispuestos se encuentren los ciudadanos del Estado Benefactor para proveerse ellos mismos y ayudar a otros, tanto más urgente se torna la demanda de mayor crecimiento de la providencia masiva pública, lo que conduce a disminuir más aún la capacidad de proveer para uno mismo y ayudar a los demás, y la disposición a hacerlo. Es otro círculo vicioso más.

Esto constituye otra advertencia urgente de que no debemos permitir que el Estado Benefactor se desarrolle hasta su punto crítico. Si, lamentablemente, ya se hubiera llegado a tal punto, entonces debemos hacer todo lo que esté de nuestra parte para obtener una contracción de dicho Estado Benefactor desproporcionado y para ampliar el alcance de la autoprovidencia y de la ayuda voluntaria, a pesar de la fuerte resistencia política y social. El ensanchamiento de este alcance es una de las primeras tareas de hoy si queremos tener una sociedad sana y bien equilibrada. Sin duda que no hace falta insistir más en esto; estamos en la encrucijada de una sociedad libre y precolectivista.

El camino que debemos seguir está claramente trazado: no más Estado Benefactor sino menos; no menos autoprovidencia y ayuda voluntaria sino más. Y aquí llego a mi tercer punto. No podemos, hoy en día, prescindir de cierta cantidad de instituciones estatales obligatorias de previsión social. Las pensiones de vejez, los seguros de salud, seguros de accidentes, montepíos, subsidios de cesantía, tiene que haber cabida para todos éstos en nuestro concepto de un sistema de previsión social sano en una sociedad libre, por poco entusiasmo que sintamos por ellos. No es el principio el que está en tela de juicio, sino el alcance, la organización y el espíritu.

El alcance, la organización y el espíritu de aquel mínimo de providencia pública obligatoria dependerán principalmente del propósito que se tenga. Aquí es donde las opiniones terminan por dividirse. Se trata del enfoque personal contra el colectivista, la libertad contra la concentración del poder, la descentralización contra el centralismo, la espontaneidad contra la organización, el criterio humano contra la técnica social, la buena dirección responsable contra el hombre-masa irresponsable. Luego de todo lo que hemos dicho, no necesitamos sin duda ni precisar nuestra opción ni justificarla. No se debe abusar del propósito de la providencia pública obligatoria mínima para instituir un sistema general destinado a cuidar de todos los ciudadanos y una organización de previsión social omnipresente.

Menos aún debe tomarse el problema de ayudar a los débiles y desvalidos como pretexto para nivelar todas las diferencias de ingreso y riqueza. No hace falta que repitamos adonde conduce ese camino. Es el camino de la revolución social, con todas sus consecuencias de largo alcance.

Si rechazamos todo esto, nuestro propósito sólo puede ser el de prestar apoyo a los verdaderamente débiles y desvalidos para que no se conviertan en menesterosos; ni más ni menos. Esta ayuda debe ser subsidiaria solamente, para suplir allí donde los recursos propios del individuo o la ayuda voluntaria resulten insuficientes; no debe convertirse en la forma normal de satisfacer la necesidad de previsión.

El nivel adecuado no se excede mientras dicha providencia pública no debilite el impulso hacia la autoayuda voluntaria y ayuda de grupo para complementar el mínimo absoluto de subsistencia. La experiencia de Suiza y de los Estados Unidos señala que, pese a la introducción del seguro obligatorio amplio de vejez, el total de ahorros y de seguros de vida particulares ha subido notablemente. Esto prueba que es posible llegar a una situación tan conveniente, en tanto que Gran Bretaña y los países escandinavos, que son modelos del Estado Benefactor extremo, ofrecen ejemplos descorazonantes de lo contrario.[15]

Las anteriores consideraciones sin duda dejan una cosa absolutamente en claro. Y es que el problema de la previsión social en una sociedad libre no es principalmente un problema técnico de previsión social ni de administración social, menos aún de conveniencia política, sino un problema de filosofía social. Antes de ocuparnos de las matemáticas actuariales debemos tener una imagen clara de lo que queremos decir al hablar de una sociedad sana. Sólo entonces sabremos de qué lado poner el acento: si hemos de reforzar los recursos del individuo, su sentido de responsabilidad y de economía, junto con la solidaridad natural de los grupos pequeños, sobre todo de la familia, o bien si hemos de dar un impulso aún mayor a la ya casi irresistible tendencia moderna hacia el colectivismo, la omnipotencia del Estado, la organización mecánica y la tutela del hombre. Una vez que consideramos la dirección en la cual nos movemos en ambos casos, tiene que ser evidente que en última instancia la opción queda entre el individuo y la familia por una parte, y el colectivismo por la otra, o bien, para decirlo sin ambages, entre el ambiente de libertad y lo contrario. El mirar lo dicho como una frase vacía es no comprender lo que está en juego en este momento. Sería frívolo desentenderse de estas consideraciones. Son necesarias si queremos saber en qué dirección avanzamos cuando tomamos decisiones sobre asuntos técnicos concretos de política social. Podemos pensar que no nos será posible evitar muchos pasos en la dirección errada, pero al menos debemos darlos con renuencia, a sabiendas de que estamos aceptando un mal necesario y que cada paso adicional por ese camino acrecienta el peligro. Por cierto que no debemos dar pasos semejantes sin tener una idea muy clara y firme de lo que es la regla y lo que es la excepción, cuál es la norma acertada y cuál la desviación posiblemente tolerable. Si nos preocupan seriamente las fundaciones últimas de nuestra civilización, nuestra regla y norma y nuestro ideal aceptado con alegría deben ser la previsión mediante el esfuerzo y la responsabilidad individuales, complementados con la ayuda mutua. Es el ideal de la "casa en orden" y no podemos abandonarlo sin estremecer los cimientos mismos de una sociedad libre y sin hacer que la diferencia que la separa del comunismo no sea nada más que cosa de grado.

En ningún caso debemos dejarnos engañar por el argumento de que en nuestros tiempos ya no es posible dar primer lugar a la autoprovidencia y la ayuda mutua voluntaria, y reducir la providencia pública a un mínimo subsidiario. Esto se llama derrotismo y no gana en persuasión por el hecho de estar generalmente vinculado a un desagrado apenas disimulado hacia la primera forma de proceder. Pertenece a la categoría de la falsa resignación, la que, al capitular frente a hechos supuestamente inmutables, contribuye a su propia justificación. Si partimos del argumento de que en estos tiempos el problema de la previsión social de las masas se puede resolver únicamente por medio de la acción colectiva y obligatoria y que cualquier ensanchamiento de la zona privada es ilusorio, vamos a terminar cargando tanto al sistema obligatorio que las masas, agobiadas como están con cotizaciones e impuestos correspondientemente altos, y liberadas de toda preocupación por su porvenir, ni podrán ni querrán proveerse a sí mismas. Si el sistema obligatorio es lo bastante amplio y completo, es fácil denunciar triunfalmente a la providencia propia como un castillo en el aire. Pero todo lo que con ello se pruebe es el hecho ya conocido de que el Estado Benefactor tiene una tendencia fatal a meterse en un círculo vicioso del cual debemos escapar.

Sería asombroso que nadie hubiera pensado en declarar que la autoprovidencia de las masas no sólo no tiene destino sino que es catastrófica para la economía. Se ha dicho, efectivamente, que nuestro sistema económico moderno no puede de ninguna manera digerir tanto ahorro. Si el "ahorro excesivo" no ha de sumir a la economía en la deflación, la depresión y el desempleo, el capital acumulado de este modo se debe absorber por inversión. Pero ¿adonde están las oportunidades de inversión en la escala que se presume? Nuestra respuesta es que ésta es una exageración seudokeynesiana y una sobresimplificación. Es una lástima que no sabemos lo que el propio Keynes hubiera dicho, como presidente de una compañía de seguros, acerca de esta tentativa de oponer su teoría al esfuerzo de las personas por mejorar su situación mediante el ahorro y el seguro.

En primer lugar, este argumento soslaya el hecho de que si ha de ser posible la práctica de la providencia propia, ello presupone la existencia de ingresos medios altos derivados de una elevada productividad nacional. Esto, a su vez, presupone un genuino crecimiento económico no batido artificialmente por la inflación, y semejante crecimiento depende de la inversión proporcionalmente grande, la que, si se ha de evitar la inflación, hay que sufragar con verdadero ahorro. Si, pues, la creciente autoprovidencia conduce a una mayor tasa de ahorro, tenemos necesidad urgente de aquellos ahorros adicionales, con miras a evitar una situación en la cual los elevados ingresos de las masas, como debemos suponerlos por definición, no descansen en la precaria base de la inversión inflacionaria. Además, como ya lo he dicho antes, una parte nada despreciable de la autoprovidencia se produce en una zona en que la cuestión del equilibrio entre ahorro e inversión ni siquiera se presenta, a saber, cuando las personas compran una propiedad que consiste en una casa con jardín, la que constituye una de las formas más importantes y deseables de autoprovidencia. En este caso es sin duda absurdo hablar de equilibrio entre ahorro e inversión.

Tomando un ejemplo concreto, un país como Alemania ganaría mucho si alcanzara el grado de autoprovidencia común en Suiza o en los Estados Unidos. Pero en ambos casos el problema es de inflación, no de deflación. Aun cuando Suiza es el país clásico de los ahorrantes, asegurados y fondos de pensión privados, el ahorro es insuficiente para contener las tendencias inflacionarias y para financiar proyectos de inversión. La cantidad desusadamente elevada de ahorros que hay en Suiza no ha originado ningún problema relativo a cómo impedir que la inversión vaya a la zaga del ahorro y por ende desencadene tendencias deflacionarias. El propio problema es, pues, un seudoproblema que puede meternos al corral de un sistema estatal obligatorio de previsión social. En la medida en que el ahorro ha cundido en Suiza y en los Estados Unidos junto con el crecimiento de la economía, este mayor ahorro es al mismo tiempo la condición de un mayor crecimiento no inflacionario.[16]

A veces se aduce otro argumento. Y es que un sistema estatal obligatorio de previsión social tiene una gran ventaja sobre la providencia propia, por cuanto no necesita una acumulación previa de capital y sólo le hace falta reunir cada año los medios necesarios del momento, con lo que vive al día. ¿Acaso esto no es mucho más barato, se dice, y por tanto, no permite la existencia de beneficios sociales mucho más amplios y generosos para las masas?

Este sencillo procedimiento, que se ha dado en denominar método del pago al día, se puede aplicar también a la ayuda mutua entre grupos pequeños, pero en la gran escala que se necesita para los servicios sociales masivos, está evidentemente reservado al Estado, con sus poderes de compulsión. No obstante, lo dicho dista mucho de ser una ventaja. No basta apelar al principio elemental de que todo pago social hay que cubrirlo siempre, en realidad, con la producción corriente. Cabe destacar otro aspecto, el que agrega una reserva importante a un axioma que ya mencionamos: la medida de la producción corriente está influenciada decisivamente por la inversión previa y, a menos que esta inversión haya de tener efectos inflacionarios, por regla general hay que solventarla con ahorro.

Por tanto, un sistema de pensiones apoyado en la acumulación de capital hace una contribución significativa a la formación de capital nacional como factor determinante del producto nacional. Así el sistema tiende a acrecentar el fondo nacional de bienes con el que se hacen los pagos sociales, traducidos en bienes. En cambio, el sistema de pago del día cerraría esta fuente de formación de capital y, a menos que se pueda encontrar un sustituto, estorbaría el crecimiento del producto social. No obstante, cuanto más amplio sea semejante sistema, menos se puede contar con un sustituto. Ya es bastante perjudicial que los fondos de previsión social puedan dañar las formas auténticas y tradicionales de la autoprovidencia, y por ende la formación de capital, pero al menos llenan la brecha con una suerte de ahorro colectivo. Es difícil pensar en una combinación peor. Pero en una democracia masiva existe una tentación extraordinaria de elegir este método, porque ofrece la posibilidad de organizar un sistema amplio y generoso de pagos sociales sin la incómoda limitación de la cobertura de capital. La tentación es tanto más grande puesto que con este sistema es posible también ajustar los
pagos sociales corrientemente a los aumentos de precios y salarios debidos a la inflación crónica. Los políticos alemanes sucumbieron últimamente a esta tentación, a pesar de las advertencias en contrario. Es un signo alarmante de los tiempos. Sobran motivos para prever que pronto se seguirá este ejemplo en otros lugares.[17]

Sin embargo, consideraciones como éstas, si bien son necesarias y no hay que soslayarlas sólo por sus aspectos técnicos, muestran una peligrosa tendencia a ocultar a los ojos las cuestiones más amplias que nunca hay que perder de vista en ningún análisis del desarrollo del moderno Estado Benefactor. ¿Quizá convenga volver sobre estas cuestiones una vez más, aunque sólo sea para redondear el argumento acentuándolas. Es preciso aclarar, sobre todo, dos ideas.

La primera ya la conocemos. Es imposible aprehender cabalmente lo que está hoy en juego sin tener siempre presente que el sistema al que se ha dado en llamar Estado Benefactor va alterando nuestra sociedad en una dirección particular: en nombre de la igualdad y la mediocridad está estrangulando todo lo que suba del promedio. Nos movemos hacia una situación en la que al "hombre común" se le quitan sus responsabilidades y al "hombre poco común" se le priva de su entusiasmo. Pero como la capacidad superior al promedio es la condición real de la producción y es al mismo tiempo tan escasa que necesita el cultivo y el estímulo más cuidadoso, no es difícil percibir cuál es el destino que nos estamos preparando. La perspectiva se oscurece más aún por el hecho de que los dueños del imperio comunista tienen la astucia suficiente para estimular y recompensar lo mejor que pueden la capacidad superior al promedio.
Lo que Charles Morgan escribió hace algunos años no ha perdido nada de su pertinencia hoy: "El crimen central contra una sociedad empobrecida como lo ha sido la nuestra no es en absoluto el de ser más felices o más capaces o más saludables o más emprendedores que otros, sino el de ser una mediocridad dependiente que se ceba en el Estado."[18]

La otra idea se puede expresar con una simple imagen. Imaginémonos que estamos contemplando una de las obras más grandiosas del arte occidental, las pinturas del Tintoretto en las paredes y el cielorraso de las alas de la Scuola de San Rocco, en Venecia. Esta era una de aquellas fraternidades benéficas que en su tiempo y a su manera resolvían el problema de ayudar a los pobres y sin las cuales la ciudad lacustre apenas hubiera sobrevivido mil años sin una revolución. La abnegación de los frailes se vio equiparada con la del artista, de quien es fama que no cobró nada por su inmensa obra.

Supongamos ahora, con fines de argumentación, que hoy existiera un pintor del calibre del Tintoretto. ¿Podemos imaginarnos a una autoridad del Estado Benefactor que le pidiera que le decorase sus oficinas? ¿Y podemos imaginarnos al Tintoretto, absorto en su tarea, pintando su magna obra con abnegada devoción a la gloria de Dios, a la belleza y al amor del hombre?

Son preguntas crueles. Pero es que somos nosotros los que tenemos el moderno Estado Benefactor.

El Estado Benefactor en el Plano Internacional

Sea ello como fuere, sigue en pie que cualquiera sea nuestra opinión del Estado Benefactor, los problemas que éste trata de resolver son muy reales. Existen los económicamente débiles, a quienes han de ayudar los económicamente fuertes; existen los pobres y los ricos, entre quienes no debe haber un abismo. Si lo dicho vale para los individuos, ¿por qué no para las naciones enteras? ¿Acaso no hay naciones "pobres" y naciones "ricas", otras "económicamente desposeídas" o "privilegiadas", y acaso la discrepancia que existe entre ellas no puede ofrecer motivos plausibles para reclamar una "igualación" como la que respalda al Estado Benefactor? ¿Por qué, entonces, no tener un Estado Benefactor a escala internacional, en que unas naciones dan, voluntaria u obligatoriamente, y otras reciben?

La idea es tentadora y no tiene nada de nuevo. La conocimos hace unos veinte o treinta años en las frases fascistas o nazis sobre los que tienen y los que no. Recordamos la violencia con que Mussolini lanzó la que él llamó lucha de clases de los pueblos proletarios contra los pueblos satisfechos y poseedores, y con que los nazis reclamaban espacio vital para ellos.[19] En esa época fueron las naciones industrializadas y avanzadas las que insistieron en su derecho a una parte equitativa de los recursos de materias primas y las zonas de colonización de los países subdesarrollados; hoy son estos últimos los que han adoptado el grito de guerra de la "justicia social" internacional. En tales países y en el mundo occidental el desarrollo económico de las regiones subdesarrolladas se ha convertido en el lema que se repite con más fuerza que ningún otro de los que escuchamos hoy, no hay cómo equivocar las fuertes inflexiones emocionales que son un rasgo tan conocido del Estado Benefactor internacional. [20]

El derecho a acortar la delantera en riqueza que otros han establecido y el deseo de igualación en el bienestar de naciones completas se expresan en el mismo tono que los reclamos de los "desposeídos" contra los "privilegiados", los que, a nivel nacional, han conducido al concepto y a la creación del Estado Benefactor. Ningún observador atento del análisis actual sobre el desarrollo de los países subdesarrollados puede dejar de impresionarse con el tono de demanda, desafío y queja que emplean los que se sienten "desheredados", con la nota de envidia por su lado y la de "conciencia social" y temor a la envidia y al resentimiento (y su explotación por el comunismo) por el otro. No causa extrañeza que en tales circunstancias el programa del desarrollo económico de las regiones subdesarrolladas encuentre, en el mundo occidental, sus más fervientes partidarios entre quienes, en sus propios países, abogan por el Estado Benefactor, la planificación económica, la socialización y las políticas inflacionarias. El desarrollo de los países subdesarrollados se ha convertido en una de las canchas más importantes para los campeones de estas ideologías.[21]

Nuestra primera respuesta es que la analogía no tiene asidero. No es posible equiparar naciones e individuos sin caer en aquel sofisma tan corriente que A. N. Whitehead denomina la "falacia de la concreción desubicada" o el antropomorfismo político.[22] Además, aquí no se trata de provisión para el futuro ni de seguridad social contra riesgos; lo que está en juego es el derecho de los que tienen menos éxito económico a las riquezas de los que tienen más éxito. Los defensores de esta idea tienen en mente, no los aspectos legítimos sino los aspectos ilícitos y revolucionarios del lema del Estado Benefactor, pero carecen de la honradez suficiente para manifestarlo claramente. Tampoco reconocen que semejante igualación internacional de la riqueza podría lograrse por el único medio de la coerción por parte de un Estado supranacional. Si reflexionaran sobre esto tendrían que reconocer que sería utópico contar con la creación de un gobierno mundial. Pero nuestra objeción de más peso es quizá que ellos no comprenden bien los problemas que encaran los países subdesarrollados. ¿Qué significa el desarrollo económico en un país subdesarrollado? La definición no es fácil. Tal vez la mejor manera de expresarla sea la siguiente: esos países procuran repetir el proceso de crecimiento económico que Gran Bretaña fue la primera en alcanzar, en la época de la revolución industrial, y que desde entonces se ha producido en un país tras otro. Ahora comenzamos a tener una visión más clara que antes de la naturaleza de tal proceso. Ante todo, estamos empezando a entender cuán difícil tiene que ser el comienzo y cuántos sacrificios acarrea, y cuán amplia es la diversidad de las condiciones que determinan el ritmo y el éxito del desarrollo. En la época de los inicios del capitalismo en Inglaterra y más tarde en los demás países industrializados de Europa, en los Estados Unidos, Canadá y todos los demás países, incluso Rusia, las principales interrogantes eran las siguientes: ¿dónde encontrar el capital necesario? ¿Dónde encontrar los obreros que la industria necesita? ¿De dónde conseguir el espíritu empresarial, con su iniciativa y su liderazgo industrial, indispensables para el despegue a las formas dinámicas de la economía industrial moderna? ¿De dónde ha de venir la experiencia técnica, a todas luces igualmente indispensable? Y por último, ¿dónde encontrar los excedentes agrícolas con que alimentar a la creciente población industrial y urbana?

La nación pionera de la economía industrial moderna, Gran Bretaña, tuvo las mayores dificultades en todos estos aspectos, porque tuvo que depender de sus propios recursos. Lo dicho vale particularmente para el problema que encierra la primera de nuestras interrogantes, a saber, el problema de la acumulación de capital para poner en movimiento el desarrollo económico. La tarea era nada menos que la de realizar la "partida crítica" del desarrollo económico sin un influjo apreciable de capital foráneo y apelar a los recursos propios del país para acumular el capital necesario para construir máquinas y fábricas, ferrocarriles y puertos, y demás inversiones. Esto se podía lograr únicamente a costa de restringir el consumo de un pueblo que, en ese momento, todavía era pobre, y a costa de otras cargas, padecimientos y sacrificios. El precio de la "partida de capital", de aquel ángulo agudo necesario que eleva bruscamente la curva de oferta de capital, en un momento en que los frutos del desarrollo, en forma de un producto social creciente, no han madurado aún, fue en Inglaterra una situación que nos hemos habituado a describir como la miseria de los inicios del capitalismo, hábito debido a la influencia de la propaganda marxista y a un sesgo en la tradición de la economía teórica que recién se viene superando.

Pero no es preciso irse al extremo opuesto. Pese a toda la luz que los historiadores modernos han arrojado sobre este período, él fue más que sombrío.[23] Con todo, se impone una reflexión seria. Ahora, cuando este proceso de "industrialización autárquica" se repite en muchos de los países subdesarrollados, comprendemos mejor que antes que un período de restricción, al menos relativa, del consumo masivo, con el fin de obtener un aumento rápido en la formación de capital interno, es condición indispensable para el desarrollo económico de un país que no puede contar con ayuda externa en forma de capital. En Inglaterra el capitalismo tuvo, por decirlo así, que padecer hambre para surgir, y no es extraño que la revolución industrial británica no se asociara de inmediato con aquel crecimiento de los ingresos masivos que se esperaba de los nuevos milagros técnicos. Lo que resulta asombroso es solamente la celeridad con que aun el país pionero de la industrialización logró, a despecho de inmensas dificultades, pasar más allá de la "partida crítica", elevar constantemente la situación de las masas y mejorar aquellas condiciones de trabajo tan agobiantes en sus comienzos. Todo ello se realizó sin las espantosas y prolongadas privaciones del comunismo ruso, sin campos de trabajos forzados, policía secreta ni pelotones de fusilamiento.

La referencia al comunismo ruso nos trae al punto esencial. Por difíciles que hayan sido los comienzos en Inglaterra debido a que el problema central del suministro de capital hubo que resolverlo con los propios esfuerzos del país, las naciones que siguieron el ejemplo de Inglaterra experimentaron muchas menos dificultades. Tengo en mente el desarrollo de Europa occidental y central, los Estados Unidos, Australia, Sudáfrica, Argentina y Canadá. En ellas el desarrollo económico se vio facilitado por el hecho de poder recurrir a la acumulación de capital y a la experiencia económica y técnica de los primeros países industriales, Inglaterra y los que la siguieron inmediatamente, con la sola exigencia de que se cumplieran las demás condiciones del desarrollo económico que señalamos en nuestra lista de interrogantes. Así ocurrió, en la gran mayoría de los casos.

Todo sucedió quedamente, sin que nadie hiciera de ello un gran "problema", sin organizaciones internacionales, programas, conferencias, comités ni funcionarios, sin remordimientos de conciencia moral ni política, de parte de los países desarrollados, y sin temor a las posibles consecuencias de una ayuda insuficiente, y también sin aquella mezcla de súplicas, amenazas y chantaje con que los países subdesarrollados apelan a la conciencia y al miedo. Nadie soñó con adoptar una actitud de compasión hacia los pobres diablos de las praderas norteamericanas, del interior de Australia o de las pampas argentinas, con confianza en su capacidad y buena fe, se les prestaba dinero al cinco por ciento y se estimaba que el negocio era bueno para ambas partes. Pero una cosa, por cierto, se daba por supuesta y como tal ni siquiera se ponía en discusión, esto es, la existencia de todo un cuerpo de condiciones e instituciones que justificaban esa confianza y formaban un vínculo libre y firme entre países desarrollados y subdesarrollados: la libertad de movimiento internacional de bienes, capitales, personas e ideas, el imperio de la ley, la economía de mercado, el respeto por el dinero y todo lo que ello significa.

El comunismo ruso fue el primer gran ejemplo del hecho de que un país en desarrollo que opta por un sistema económico y social incompatible con las condiciones para ese libre flujo de ayuda desde los países desarrollados hace imposible dicha ayuda. Si semejante país insiste en el desarrollo económico se condena a la vía extraordinariamente difícil de la industrialización autárquica al estilo inglés. Los maestros del Kremlin pensaron por un tiempo que podían escapar a esta lógica inexorable, pero el primer Plan Quinquenal de Stalin demostró que la habían seguido. El comunismo ha significado no sólo la dura necesidad de realizar la partida crítica mediante las privaciones de los consumidores y campesinos rusos, sino también la elección de un método, el colectivista, con el cual los padecimientos del "autofinanciamiento" nacional del desarrollo se ven agravados desmesuradamente por la debilidad inherente de un orden económico colectivista.

¿Qué es la miseria de los inicios del capitalismo británico en comparación con los inmensos sacrificios del experimento soviético? Los ingleses tuvieron que aguardar algún tiempo el aumento de la prosperidad masiva y el mejoramiento de las condiciones de trabajo, pero ¿qué es esto comparado con los largos sufrimientos, que todavía continúan, de las masas en el Estado comunista? Tampoco debemos olvidar que el método autárquico y colectivista de Moscú hizo mucho más difícil la solución de otro problema del desarrollo, a saber, el problema de alimentar a la creciente población industrial y urbana. En Inglaterra y en los demás países occidentales, el desarrollo fue acompañado de un aumento constante y considerable en la producción agrícola, y al mismo tiempo, la economía mundial libre permitió que la producción de las vastas zonas nuevas cultivadas del Nuevo Mundo sirvieran para alimentar a los países industrializados; pero en la Rusia soviética los métodos económicos comunistas condujeron a un deterioro de la agricultura que aun ahora, al parecer, no se recupera, si hemos de juzgar por las estadísticas rusas y las observaciones de los gobernantes de Moscú.

Los países subdesarrollados de hoy tienen que decidir si van a resolver el problema clave del suministro de capital de acuerdo con el método internacional y mercadista de Occidente o con el colectivista y autárquico de Moscú. Con el primero, el problema será de la manera que ha sido normal y natural hasta ahora, y que todavía lo es en el caso de un país como Canadá, esto es, mediante el flujo libre y espontáneo de capital extranjero. Pero si las propias políticas de nacionalismo y socialismo de estos países destruyen las condiciones de esa oferta de capital, no tienen derecho a quejarse por su ausencia, menos aun a reclamar la caridad internacional.

De esta manera tales países subdesarrollados se colocan en una posición desde la cual claman con tanto más estridencia y urgencia por el tipo de ayuda de capital que podríamos llamar política y que corresponde al concepto de un Estado Benefactor internacional. Si los particulares de los países occidentales no tienen la suficiente confianza en el gobierno de un país subdesarrollado para entregarle, motu proprio, sus ahorros, entonces estos particulares deben entregar esos ahorros por la fuerza, por intermedio de sus propios gobiernos, sin recompensa ni esperanza de reembolso, impelidos y aplaudidos por funcionarios internacionales que, por su parte, no pagan impuestos.

Si un país subdesarrollado no obtiene acceso a la fuente de los mercados extranjeros de capital debido a sus propias políticas nacionalistas y socialistas, entonces debe buscar un suministro de capital político. El dinero que no fluye libremente hay que bombearlo con conferencias diplomáticas, propaganda y amenazas abiertas o disfrazadas, aun bajo pena de que el flujo pueda evaporarse o desaparecer en el calor de las mismas pasiones que ya secaron la fuente original. Cuando resulte imposible recurrir al mercado y a los inversionistas privados, hay que movilizar a los gobiernos de Occidente y por su intermedio a los contribuyentes.

Esta es la escueta situación a la que se puede reducir la confusa multiplicidad de acciones en este campo. Muchos países subdesarrollados se niegan a satisfacer las condiciones necesarias para que haya un flujo voluntario de capitales de Occidente. Se reservan para sí toda suerte de derechos y mecanismos, tales como la tributación, la expropiación, el control de cambios, la expulsión de técnicos extranjeros, la discriminación ante la ley, etc., y se niegan a pagar intereses, dividendos ni sueldos, sin cuyo precio ninguna ayuda de capital se puede ofrecer, aun en el mejor de los casos. Con tanto más apasionamiento estos países proclaman su derecho a recibir ayuda por nada y mediante la compulsión que los gobiernos de Occidente tienen que imponer a sus contribuyentes para reunir el capital necesario. Con la misma lógica demente, las sumas exigidas se hacen cada vez más fantásticas.

En tales condiciones es más que nunca necesario destacar los hechos graves que privan de base a este concepto de un Estado Benefactor internacional. Aquellos países subdesarrollados que, por sus políticas y principios en asuntos económicos y sociales, crean las condiciones necesarias, el ambiente favorable, para la inversión privada, obtienen capitales de Occidente por medio del mercado. Esta especie, afortunadamente, no se ha extinguido aún. Los otros, los que no crean dichas condiciones, no tienen derecho a quejarse de las consecuencias. Con su pan se lo coman. Si un país recurre a medios políticos para obtener ayuda de capital con súplicas, desafíos o amenazas, no puede invocar el argumento de la necesidad. Si orienta sus políticas por la estrella del nacionalismo y el socialismo, y persiste en ello, tiene que pagar el precio. Si no quiere pagar el precio, tiene que cambiar sus políticas.

Esa es la clara alternativa. No debemos dejar que se oscurezca por más tiempo, ni siquiera por referencia a ciertos hechos innegables que distinguen a muchos de los países subdesarrollados de hoy, de los casos normales del pasado. Cierto es que algunos de los más importantes entre los países subdesarrollados sufren de una sobrepoblación sin precedentes, pero ello no es motivo para que, además, adopten políticas que espantan al capital extranjero y así empeoran la situación. Egipto es un ejemplo y una advertencia de lo que puede ocurrir. También es cierto que, al contrario de los casos clásicos de Occidente, muchos países subdesarrollados carecen de algunas de las condiciones esenciales de la industrialización, en especial empresarios en potencia y mano de obra calificada; pero en tales casos cabría preguntarse si no sería mejor arreglárselas sin industrialización que imponerla por los métodos del nacionalismo y del socialismo.

Por Wilhelm Röpke

[1] Hay un extenso análisis del Plan Beveridge en mi libro Civitas Humana (Londres, 1948), 14248. En su obra Full Employment in a Free Society (Londres, 1944), el creador de este famoso plan, mediante el cual Gran Bretaña se convirtió en modelo del Estado Benefactor, contribuyó mucho, posteriormente, a complementar la ideología igualitaria del Estado Benefactor con la ideología de este inflacionario "pleno empleo". Véase la crítica pertinente del segundo Plan Beveridge en Henry C. Simons, "The Beveridge Program: An Unsympathetic Interpretation", Journal of Political Economy (septiembre 1945), reproducido en Economic Policy for a Free Society, 277-312: Lionel Robbins, The Economist in the Twentieth Century (Londres, 1954), 18-40. Ambos críticos llegan a la conclusión correcta, hoy confirmada por los hechos, de que la política de pleno empleo que propiciaba Beveridge tiene que conducir a la inflación. Es gran mérito de Lord Beveridge que él mismo, más tarde, franca y reiteradamente, criticó el desarrollo que su primer plan puso en movimiento. En su obra posterior, Voluntary Action (Londres, 1948), por ejemplo, tuvo ocasión de mostrar la ayuda voluntaria de grupo en su aspecto correcto. Con todo, parece que nunca se dio cuenta cabal del papel tan grande que desempeñó en el desarrollo que criticaba. No hace mucho declaró francamente en una conferencia que la inflación estaba destruyendo los ahorros que había guardado para su ancianidad; podría ocurrir, por tanto, dijo, que viviera más de lo que sus medios se lo permitieran. Pero parece que no ha comprendido que buena parte de la responsabilidad por esta inflación, que devora sus ahorros y amenaza sus últimos años despreocupados, es obra de su creación, junto con el empleo excesivo, también objeto de sus alabanzas. Aparece como la patética figura del hombre que no sabe que él mismo cortó la rama sobre la cual se sentaba.
[2] Colin Clark, Welfare and Taxation (Oxford, 1954); A. C. Pigou, "Some Aspects of the Welfare State", Diógenes (julio 1954); Bertrand de Jouvenel, The Ethics of Retribution (Cambridge. 1951); Hans illgerodt, "Die Krisis der sozialen Sicherheit und das Lohproblem", Ordo. Jahrbuch fur die Ordnung von Wirtschaft und Gesellschaft (Washington, 1955), 145-87.
[3] Lionel Robbins, "Freedom and order", en Economics and Public Policy (Washington, 1955), 152. Un poco antes, Robbins dice: "En una sociedad en que el incentivo y la asignación dependen de la empresa privada y del mercado, una redistribución continua del ingreso y de la propiedad en beneficio de un modelo de igualdad, o de algo que se aproxime a la igualdad, es casi una contradicción."
[4] Helmut Schoek, "Das Problem des Neides in der Massendemokratie", en Masse und Demokratie, 239-72.

[5] "El odio que el hombre siente por el privilegio aumenta a medida que los privilegios se tornan más escasos y menos considerables, de manera que las pasiones democráticas arderían, al parecer, con más fiereza justamente cuando tienen menos leña. Ya he señalado la razón de este fenómeno. Cuando todas las condiciones son desiguales, ninguna desigualdad es tan grande que ofenda la vista, en tanto que en medio de una uniformidad general la menor disimilitud resulta odiosa; cuando más completa es la uniformidad, más insoportable se hace el espectáculo de esa diferencia. De aquí que sea natural que el amor a la igualdad se acreciente constantemente junto con la propia igualdad, y que deba crecer por lo que la alimenta. Este odio que nunca muere, que está siempre ardiendo, que levanta a los pueblos democráticos en contra de los menores privilegios, es especialmente favorable a la concentración paulatina de todos los derechos políticos en el representante del Estado solamente. El soberano, puesto que está necesaria e incontestablemente por encima de todos los ciudadanos, no excita la envidia de éstos, y cada uno piensa que priva a sus iguales de las prerrogativas que concede a la corona." (Alexis de Tocqueville, Democracy in America, Vol. II, Libro IV, Capítulo 3, pág. 205.)
[6] Hay un análisis de la demanda de igualdad y todas sus consecuencias en mi libro anterior Mass und Mitte, 65-75. Sigo partidario de esa crítica y también de mis serias inquietudes acerca de aquella forma de igualdad, sutil y por ello muy tentadora, a la que se ha dado en llamar igualdad de oportunidades. Los argumentos que entonces presenté parecerían suficientemente convincentes, en particular el argumento de que sería totalmente arbitrario procurar la igualdad de oportunidades solamente en asuntos susceptibles a la acción niveladora del Estado, en tanto que hay que aceptar la desigualdad en otros campos: salud desigual, inteligencia desigual, carácter desigual. Si las oportunidades han de ser realmente iguales, por tanto, las condiciones materiales (el ingreso y la riqueza de los padres del niño) deben medirse en dosis tales que sumadas a las condiciones no materiales y no igualables den la "oportunidad igual". Supongamos que un niño tiene mala salud, pero sus padres pueden, al menos, equiparlo con condiciones materiales mejores para la lucha por la vida. Ahora bien, ¿qué justificación posible habría para privarlo incluso de ellas? ¿No deberían los otros alegrarse de haber heredado un estómago sano, un corazón fuerte o nervios de acero? ¿Cómo se va a calcular todo aquello? Desde este punto de vista la redistribución incesante que presupone la estricta igualdad de oportunidad, aparece aún más indignante de lo que es en todo caso. Además, si es justo que un hombre posea propiedad privada (y los defensores de la igualdad de oportunidad, afortunadamente, no llegan al extremo de negarlo), ¿por qué ha de ser injusto que sus hijos se beneficien de ella? Puedo hacer lo que se me antoje con mi ingreso y riqueza: comprar un televisor, adquirir un automóvil de lujo, viajar alrededor del mundo; sólo una cosa no puedo hacer: dar a mis hijos la mejor y más cuidada educación. Por lo demás, en el próximo capítulo veremos que el clamor por la igualdad de oportunidades corresponde a una idea extrema del liberalismo según la cual conviene que haya una carrera incesante de todos por todo. Surge la interrogante: ¿en virtud de qué derecho ha de detenerse esta carrera en las fronteras nacionales?
[7] Heinrich Heine, Deutschland, Kaput I. Debería ser evidente que el utilitarismo y epicureismo colectivos de la ideología del Estado Benefactor están estrechamente ligados a la desaparición de la creencia en la trascendencia y la inmortalidad. Cf. Aloys Wenzl, Unsterblichkeit (Berna, 1951).
[8] Colm Brogan, The Educational Revolution (Londres, 1954), pinta un cuadro vivido de Gran Bretaña, la que, por ahora, permanece como caso extremo. En los Estados Unidos, el término "sin clases", aplicado a la educación, es una ficción, como en muchos otros campos, puesto que los padres son libres de enviar a sus hijos a colegios particulares si quieren que tengan una educación mejor que la que se puede pedir a las escuelas públicas. El único inconveniente de esto es que resulta mucho más caro que los costos tan mal mirados que actualmente prevalecen en Europa para los buenos colegios públicos. Tenemos una vasta documentación acerca del espantoso deterioro del nivel educacional que ha acarreado la socialización de la educación. Otro factor importante es que si tantos jóvenes van a las universidades los grupos no académicos de la población se ven continuamente privados de sus elementos más inteligentes y emprendedores (Erik R. von Kuehnelt-Leddhin, Freiheit oder Gleichheit? (Salzburgo, 1953), 473) y los lazos familiares se rompen. Véase también la Nota 1 del Capítulo V de este libro.
[9] Hermann Levy, National Health Insurance: A Critical Study (Londres, 1944); M. Palyi, Compulsory Medical Care and the Welfare State (Chicago, 1950); F. Roberts, The Cost of Health (Londres, 1952); Werner Bosch, Patient, Arzt. Kasse (Heidelberg, 1954); H. Birkhauser, "Der Arzt und der soziale Gedanke in der Medizin", Schweizerische Medizinische Wochschrift, N° 5 (1956).
[10] Respecto del Servicio Nacional de Salud, un distinguido economista británico escribe: "La pregunta económica importante acerca de este mecanismo era la siguiente: si existe un servicio cuya demanda a precio cero es casi infinitamente grande, si no se toman medidas para aumentar la oferta, si la curva de costos sube rápidamente, si a cada ciudadano se le garantiza por ley el mejor servicio médico posible y si no hay un método obvio de racionamiento, ¿qué va a ocurrir? No recuerdo que ningún economista británico, antes del acontecimiento, se hiciera estas sencillas preguntas." (J. Jewkes, en Economics and Public Policy, 96). Compárese lo anterior con la observación de M. Plyi (op. cit., 71): "La abolición total de un esquema obligatorio de salud, una vez establecido, aunque esté quebrado y sea insatisfactorio, es inimaginable. No ha sucedido nunca." Otro testimonio: "Los entusiastas de la medicina nacionalizada se encontraron compitiendo con los entusiastas de la educación de adultos, la vivienda estatal subsidiada, pensiones y beneficios más elevados, y una docena de otros planes con un fuerte atractivo emocional y captador de votos… Yo estimo que el concepto contemporáneo y científico de la medicina no puede prosperar cabal y firmemente donde la medicina está socializada." (Colm Brogan, "The Price of Free Medicine", The Freeman (junio, 1956)). Por último, un médico británico confirma este punto de vista: "El costo para el país en dinero se expresa, se comprende, se acepta, se modifica o se rechaza con facilidad. El costo para el país en salud y felicidad, derivado de la degradación de los médicos, supera nuestra capacidad de comprensión." (Scott Edward, "Retreat from Responsability", Time and Tide (octubre 10,1953)).
[11] Sobre la ilusión del Estado Benefactor, véase Colin Clark, op. cit., y M. J. Bonn, "Paradoxien eines Wohlfahrtsstaates", Aussenpolitik (abril, 1953).
[12] Esto es, entre otras cosas, lo que resulta de las proposiciones de Colin Clark. Compárese el siguiente informe reciente de Bélgica (Neue Zurcher Zeitung, N° 1290 (abril 27, 1957)). El Ministro del Trabajo, socialista, propuso, mediante el método hoy de moda en todas partes, elevar el límite de ingreso del seguro estatal obligatorio y fusionar los distintos fondos de pensiones privados en un fondo estatal. El resultado fue una ola de indignación entre trabajadores y sindicatos. Las cargas sociales de la industria belga habían subido, en doce años, del 25 por ciento al 41 por ciento de la planilla, y los trabajadores y empleadores belgas decidieron que era suficiente, más que suficiente. Hicieron preguntas tan embarazosas como la de si aún quedaba alguna relación justificada entre las crecientes cotizaciones sociales y los servicios reales, y si no había alguna forma más barata de obtener un seguro de vejez.
[13] Es normal lamentar el destino de hombres como Winckelmann, Herder, Hebbel, Racine, y muchos otros cuyo genio se vio impedido por la pobreza, pero lo que interesa es que todos ellos lograron llegar a la cumbre, gracias a la estructura diversificada de la sociedad de su época. Estímulo y ayuda se podían obtener en muchos lugares y de muchas personas: el maestro de una escuela, un patrono principesco, un puesto de secretario, una hospitalaria casa de campo. En tales condiciones había una alta probabilidad de que se pudiera poner el pie en el peldaño de alguna escalera; en todo caso, por decir lo menos, es una probabilidad que bien puede resistir la comparación con la probabilidad de que ningún genio pase inadvertido en el Estado Benefactor actual. Cómo el surgimiento del talento era posible en aquella época, en las condiciones más adversas, se observa de modo impresionante en la vida de Winckelmann. (C. Justi, Winckelmann und seine Zeitgenossen (2a. ed., Leipzig, 1898), I, 22 y 28.) Muchas otras biografías testimonian la misma cosa. Tomemos, por ejemplo, la vida de Scharnhorst, hijo de un inquilino campesino de Hanover, a quien enseñó matemáticas un mayor retirado (esto sucedió en mi propio pueblo) y que fue luego enviado por el Conde de Schaumburg-Lippe a un pequeño colegio militar. Uno no puede dejar de sentirse a la vez conmovido y asombrado ante las proezas de escalamiento de estos hombres a medida que trepaban, de roca en roca, en la sociedad. No es tan seguro que el andarivel socializado del Estado Benefactor siempre obtenga los mismos éxitos. En otros aspectos, también, nuestra edad del Estado Benefactor tiene escasos motivos para considerarse tan superior a los padecimientos sociales del pasado. Cabe un poco más de modestia en relación con nuestros antepasados. Cualquiera que, como yo, se haya criado en las sencillas condiciones de un pueblo de campo, puede recordar fácilmente la época en que las clases se reunían como buenos vecinos, en cambio hoy se encuentran muy distantes una de otra. La desigualdad real entre los hombres no ha disminuido sino aumentado en los últimos cien años. Como ejemplo, tomemos a Zelter, quien se inició como aprendiz de albañil y terminó como profesor de música y amigo íntimo de Goethe sin perder el contacto con su propio medio. "Una vida de esta índole", escribía Paulsen a fines del siglo pasado (Ein System der Ethik (2a. ed., Berlín, 1891), 727), "hoy en día sería inconcebible. Hoy Zelter hubiera terminado la educación secundaria y hubiera estudiado arquitectura, hubiera aprendido a dibujar y calcular, hubiera estudiado mecánica e historia del arte, y hubiera terminado de arquitecto y oficial de reserva, y jamás hubiera construido un solo muro. Hubiera sido empleador de albañiles, no su colega e instructor. O bien hubiera seguido como albañil y colega de albañiles, pero entonces no se hubiera ganado la amistad de un Geheimrat y ministro, y no hubiera llegado a ser profesor de música."
[14] Estoy enteramente de acuerdo con la crítica que expresaron recientemente dos distinguidos economistas contemporáneos: F. A. Hayek, "Progressive Taxation Reconsidered", en Mary Sennholz (ed.), Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises (Nueva York, 1956), 265-84; Wright, op. cit., 94 y sigs.
[15] Cf. Chester C. Nash, "The Contribution of Life Insurance to Social Security in the United States", International Labour Review (julio 1955). Las cifras suizas correspondientes, véase E. Marchand, "Le développement de l"assurance en Suisse", Journal des Associations Patronales 1906-1956. En 1953, último año del cual se dispone de estadísticas, las sumas que pagaron las compañías de seguros superaron los pagos de previsión de vejez y de viudas, en cerca de cien millones de francos.
[16] La idea de que las leyes económicas excluyen la posibilidad de que las masas provean a sus propias necesidades mediante la acumulación de propiedad, y de que estas mismas leyes económicas hacen de esta autoprovidencia privilegio de unos pocos, podía crecer sólo en el terreno del keynesianismo popular. Esto lo analicé en más detalle en mis artículos "Probleme des kollektiven Altersversicherung" (Frankfurter Allgemeine Zeitung, febrero 25,1956) y "Das Problem des Lebensvorsorge in der Freien Gese\schaft" (Individualund Sozialversicherung als Mittel der Vorsorge (Bielefeld 1956)), y tengo el agrado de citar ahora el análisis claro y cuidadoso de Hans Willigerodt, "Das Sparen auf der Anklagebank der Sozialreformer", Ordo, Jahrbuch für die Ordnung von Wirtschaft und Gesellschaft (1957), 175-98. Nótense también sus comentarios sobre el sistema de pago al día, con los que estoy enteramente de acuerdo.

[17] El problema de la escala móvil de pensiones, llamada "pensiones dinámicas" en Alemania e introducida, con algunas modificaciones, en la primavera de 1957, se analiza en mis ensayos aludidos en la nota anterior. Véase también H.-J. Rüstow, Zur volkswirtschaftlichen Problematik der dy.
[18] Namischen Sozialrente (Berlín-Munich, 1956); Das problem der Rentenreform, aktionsgemeinschaft soziale Marktwirtschaft, Tagungsprotokoll N° 6 (Ludwigsburg, 1956). 18 Morgan, op. cit., 122.
[19] Esta forma particular del reclamo de justicia internacional está casi olvidada hoy. La analicé con la severidad que merece en mi libro Internationale Ordnungheute, 164 y sigs.
[20] Véase mi L"économie mondiale aux XlXe et XXe siecles. 165-220.
[21] Una obra típica es G. Myrdal, An International Economy (Nueva York, 1956). (Véase también la reseña de P. T. Bauer del libro de Myrdal, Economic Journal (marzo 1959) y mis propios comentarios críticos en Wirtschfsfragen der freien Welt, 493 y sigs.) El papel que desempeña la envidia en esto, como en el Estado Benefactor nacional, está destacado con justicia por Helmut Schoek, "Der Masochismus des Abendlandes", en A. Hunold (ed.), Europa - Besinnung und Hoffnung (Erlenbach-Zurich, 1957).
[22] Röpke, Internationale Ordnung - heute, 118, 133 y 241.
[23] Obtenemos una buena idea de la nueva interpretación de los historiadores económicos modernos en F. A. Hayek (ed.), Capitalism and the Historians. No obstante, como lo demostré en mi reseña de este libro ("Der "Kapitalismus" und die Wirtschaftshistoriker", Neue Zurcher Zeitung. N° 614 (marzo 16, 1954), el péndulo ahora se mueve demasiado en la otra dirección. Podemos calcular que los proletarios de aquella época comían más carne y bebían más cerveza que lo que habíamos pensado hasta ahora, y que en lo material las cosas eran la mitad de malas (aunque, a mi ver, incluso reducidas a la mitad hubieran sido suficientemente malas), pero queda el hecho crucial de que eran proletarios en el sentido más amplio y más ingrato de la palabra, y que fue la primera vez en la historia que las masas subieron al escenario junto con sus contrapartes, los "capitalistas". Los modernos historiadores económicos y sociales harían bien en compartir y analizar la opinión fidedigna de testigos de que esto fue una catástrofe. Una parte grande y en nada carente de importancia de nuestra propia crisis cultural data de aquella época y no podemos simplemente convertir lo negro en blanco ni el signo menos en signo más. No se puede dejar pasar esto en silencio, sin dejar en la oscuridad el aspecto más importante del análisis.

diciembre 16, 2008

Devaluación 94, de Salinas


En busca de su maltrecho legado histórico, el ex presidente Carlos Salinas ha decidido la confrontación y no el análisis. La devaluación de diciembre de 1994 y sus secuelas de colapso en 1995 ya estaban en el archivo y Salinas volvió a revivirlas para enredarse con sus propias justificaciones.
Si las devaluaciones tienen dos razones --una técnica y otra política--, la revisión de los archivos y de los testimonios inculpa a Salinas en ambas: Zedillo recibió una economía quebrada y con pocas reservas y Salinas complicó el cambio de gobierno cuando quiso imponerle a Zedillo varios secretarios de Estado para construir un maximato transexenal.
El problema con Pedro Aspe y la devaluación no fue por razones técnicas. Salinas quería que Zedillo mantuviera a Aspe en la Secretaría de Hacienda y a través de él seguir manipulando la economía. Aspe, cuidadoso en el juego de poder, le dijo a Zedillo que era importante su permanencia en Hacienda sólo por razones técnicas. Y para tranquilizar al presidente electo, Aspe dijo que le entregaría su renuncia firmada con la fecha en blanco.
Pero el de las perversiones transexenales fue Salinas. Asesinado Colosio, Zedillo era la única pieza de recambio. Ciertamente que era un Zedillo sumiso y leal, pero el poder transforma. La principal prioridad de Zedillo era mantener una distancia de Salinas para evitar las complicidades que sabía que se vendrían en 1995 por el asesinato de Colosio y las inculpaciones a Salinas. Por eso Zedillo no quería a salinistas a su lado. Y los pocos que se quedaron, tuvieron que pasar la prueba de las lealtades con el encarcelamiento de Raúl Salinas.
En el aspecto técnico, la devaluación era inevitable. El reporte del Banco de México que Aspe señala como dictamen divino está lleno de frases amañadas: "esta fuga de capitales no es sorprendente", dice Banxico en su reporte, y la acreditó a la crisis política de 1994. Pero del 23 de marzo a las primeras horas del primero de diciembre, salieron del país 18 mil 552 millones de dólares. Y Salinas le dejó a Zedillo menos de 12 mil millones, pero una crisis del tamaño de la República.
En una carta al The Wall Street Journal difundida en julio de 1995 para aclarar las versiones sobre la reunión del 20 de noviembre de 1994, Pedro Aspe aporta elementos técnicos para sostener la tesis de que la devaluación era evitable con maniobras políticas y mensajes mediáticos. Aspe sugirió que Zedillo reafirmara la vigencia del Pacto. Ello ocurrió y bajó la fuga. Pero los desequilibrios estructurales ahí quedaron, aunque Aspe --un economista capaz pero dominado por Salinas-- eludió reconocerlos. Para él, la dolarización era miedo a la crisis.
En un texto publicado en El Universal el 19 y 20 de marzo de 2002, Carlos Salinas --como siempre-- utiliza las manos del gato para sacar las castañas del fuego. Basado en un texto de su subsecretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, Salinas concluyó su tesis de la crisis: "el resentimiento de Zedillo contra Aspe y su negativa a ratificarlo como secretario de Hacienda en su gabinete". Sólo que Salinas no reconoce que le quiso poner a Zedillo todo su gabinete: Arsenio Farell en Gobernación; Aspe en Hacienda; Serra se quedaría en Comercio y Manuel Camacho en la negociación de Chiapas. Y Salinas mandando como el Plutarco Elías Calles.
La argumentación de Aspe de que sólo la ratificación del Pacto sería el antídoto contra la devaluación era política y técnicamente fallida. A la crítica sobre la herencia económica de Salinas, Aspe contestó con un chiste: "si dejamos la economía sostenida con alfileres, ¿para qué se los quitaron?". La fragilidad política heredada fue el detonador de la devaluación. Al arrancar el nuevo gobierno, se difundieron datos de un avance militar del EZLN que supuestamente Camacho ya había arreglado. Esas noticias provocaron nuevas fugas de capitales.
El control de Aspe sobre el tipo de cambio no era técnico, sino autoritario. Tenía una agenda de teléfonos para llamar a los grandes empresarios especuladores. Si notaban movimientos en compra de dólares, Aspe y sus colaborares amenazaban a los empresarios con decisiones de poder, incluyendo auditorías agresivas, y las compras se regresaban. Ello fue acumulando un desequilibrio estructural: la inflación en el sexenio de Salinas fue más de cuatro veces que la de Estados Unidos. Ahí se incubó la devaluación.
Salinas dejó un tipo de cambio atrapado en una red de intereses. Inventó la banda de flotación, pero tuvo que moverla a la alza generando mensajes de que las cosas estaban mal y se controlaban sólo por la vía del manotazo autoritario. Aspe en realidad no era confiable para Zedillo porque implicaba dejarle la política económica a Salinas y la complicidad con Salinas por el caso Colosio. Y de hecho, el modelo de banda cambiaria ya no operaba en diciembre.
Salinas quemó casi 20 mil millones de dólares para evitar la devaluación en la crisis de 1994 y prefirió heredar la decisión a Zedillo. Pero técnica y políticamente Salinas es el responsable del error de diciembre de 1994.

II
Si se revisan las cifras económicas de 1994, la conclusión es inevitable: la devaluación de diciembre de 1994 fue responsabilidad del gobierno de Carlos Salinas. De acuerdo con un modelo del destacado economista Rudiger Dornbusch, Salinas debió de haber devaluado en febrero de 1994.
Pero Salinas no conversaba con la realidad, sino que se tuteaba con la historia. Y para no pasar a la historia como el Echeverría que devaluó el peso ante un colapso político ingobernable, prefirió maniobrar los instrumentos de política económica para posponer la decisión. Su tabla de salvación era que Aspe se quedara en el gabinete de Zedillo con el cargo virtual de presidente económico de la República y dejara al Presidente de la República como modesto director de estudios de política económica.
De acuerdo con el modelo de Dornbusch, al comenzar 1994 el país enfrentaba las cuatro crisis más graves de una economía: persistente inflación, sobrevaluación del peso, déficit muy alto en la balanza de pagos y lento crecimiento económico. Un tipo de cambio barato alimentaba la especulación y una inflación alta impulsaba las compras en el exterior. Y si a ello se agrava el miedo a un país desmoronándose, entonces el tipo de cambio irreal fue la combustión especulativa de la devaluación.
El modelo de Dornbusch sobre la crisis mexicana de 1994 se encuentra en dos sitios internet:
www.mexicomaxico.org/Voto/Crisis94.htm y www.e.u-tokyo.ac.jp/~toni/IntFin/mexico-s.pdf. Dornbusch, egresado del Tecnológico de Massachusetts y uno de los economistas norteamericanos que más y mejor conocía México, siempre alertó sobre la crisis devaluatoria, pero Aspe --de la misma universidad-- nunca aceptó los razonamientos. La realidad, sin embargo, le dio la razón a Dornbusch.
Las advertencias de Dornbusch no son las únicas que pueden utilizarse para destruir la versión política de Salinas de que la devaluación fue culpa de Jaime Serra y Ernesto Zedillo. El FMI reunió tres vertientes de la devaluación mexicana de 94: choques políticos internos y económicos externos, déficit en la cuenta corriente y sobrevaluación del peso y errores de política económica entre la política monetaria y la política cambiaria. Estas tres expresiones se dieron antes del 20 de diciembre.
Y el Banco Mundial, en un anexo de su reporte de 1995, culpa al déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, provocado por la creciente sobrevaluación del peso, llegó a niveles insostenibles en 1994. Asimismo, critica los Tesobonos de Salinas-Aspe y la inversión especulativa.
Los análisis que responsabilizan a Salinas de la devaluación de 94 son mayores. Está, por ejemplo, el artículo publicado por Lawrence Summers, subsecretario del Tesoro en 1994 y secretario del Tesoro del presidente Clinton, en The Economist a finales de 1995: "Summers en México: diez lecciones que aprender". Summers explicó su segunda lección: no es posible sostener políticas insostenibles. Y se refirió claramente a que "la combinación específica de la política monetaria y la política cambiaria no fue acertada". También señaló el dato de ocho por ciento del PIB en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Y se refirió a los "bonos polizones", como los Tesobonos que inventaron Salinas y Aspe, como desquiciadores del equilibrio económico.
El punto clave de la crisis fue la sobrevaluación del peso, el porcentaje de diferencial inflacionario México-EU: 12% en 1992, 16% en 1993 y 10% en 1994. El dólar se convirtió en el producto más barato. Ello tenía que ver con el diferencial inflacionario de México con Estados Unidos: 3.8% promedio anual en EU y 16% en México. Este diferencial, en un escenario de apertura comercial, propició la dolarización. Y si a ello se añade un entorno crítico de miedo en donde el presidente Salinas perdió el control del país, el saldo no podía ser menor que la herencia de un país colapsado.
Las fallas, pues, fueron de Salinas. Lo escribió Rolando Cordera, ex izquierdista, promotor salinista, neo izquierdista y hoy lopezobradorista, en su texto "Viejos y nuevos paradigmas: el papel político de las ideas económicas en el cambio estructural 1982-1994", el largo periodo de los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas:
"El cambio estructural en México estuvo guiado, desde el principio, por una posición doctrinaria consistente con la ortodoxia económica, respondió claramente a ciertos intereses económicos nacionales y extranjeros, pero nunca se basó en un análisis objetivo ni de los aciertos y deficiencias de la estrategia de desarrollo anterior, ni mucho menos de las posibilidades reales de aplicación de la nueva estrategia a la realidad económica y social mexicana. Las insuficiencias del modelo son atribuibles a este vicio de origen y no a las reformas que falta para profundizar el cambio estructural".
De ahí que la paternidad de la crisis de 1994 y de la devaluación del 20 de diciembre tenga como responsable directo a la política económica de Carlos Salinas y a su decisión política de no devaluar en febrero para no manchar su historial político. El error de Zedillo fue aumentar las tasas de interés para evitar más fuga y, sobre todo, proteger a los bancos y no a los ciudadanos.

III
Y el último elemento que llevó al presidente Carlos Salinas en 1994 a posponer la devaluación como producto del desorden de su política económica fue la ambición de dirigir la Organización Mundial de Comercio.
Salinas tenía claro que su boleto para la OMC estaba justamente en la promoción de una apertura comercial rápida y benéfica para el extranjero y en una estabilidad forzada de las variables de la política económica. Salinas decidió buscar la dirección general de la OMC a finales de 1993 y anunció su decisión en junio de 1994. Por eso no podía devaluar el peso. Sería su gran derrota como economista neoliberal de nivel internacional.
Lo malo para Salinas fue la inutilidad de su estrategia: condenó al país a una devaluación caótica y el daño adicional del alza en las tasas de interés y retiró su candidatura a la OMC en marzo de 1995 por la aprehensión de su hermano Raúl por el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu.
La OMC iba a ser la coronación de la carrera de Salinas. Y si hoy critica severamente al Consenso de Washington, Salinas aplicó puntualmente los diez puntos de ese modelo de globalización neoliberal. Y lo que no quiere reconocer ahora --ni refiere por equivocación en su libro-- es que la OMC es parte estructural de la Santísima Trinidad del modelo neoliberal del Consenso de Washington: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y OMC.
En una extraordinaria cronología puntual y minuciosa de 1994 de Manuel Aguirre Botello, en el sitio
www.mexicomaxico.org/Voto/Crono94FP.htm, la historia de Salinas ante la crisis se cruza con su ambición de crear un maximato presidencial a través de Pedro Aspe y Arsenio Farell en el gabinete de Zedillo y el propio Salinas con el poder sobre el proyecto de liberalización comercial desde la dirección de la OMC. El 8 de junio de 1994 se filtró la información de que Salinas buscaba la OMC, el 18 de junio en Cartagena surgió la propuesta formal, el 9 de septiembre se tambaleó la nominación y el 12 de noviembre salió la propuesta formal de Estados Unidos.
La decisión de no devaluar ocurrió ese 12 de noviembre y no el 20. Hacia mediados de noviembre la situación del tipo de cambio era insostenible. El 20 de noviembre ocurrió la reunión en la casa de Salinas para resistir las presiones a la devaluación. Los argumentos de Aspe y Salinas, a posteriori, pueden ser convincentes. Pero el elemento secreto fue la ambición de Salinas de llegar a la dirección de la OMC aun pasando por la manipulación de la política económica. Salinas no le podía fallar al interés de EU de colocarlo en la OMC.
Por tanto, se siguen acumulando evidencias de que la responsabilidad de la devaluación de diciembre de 1994 fue de Salinas y que esa decisión no fue "el error de diciembre", sino el error de 1994. Para remachar la acreditación de cargas, un análisis del 2007 de la Fundación Rafael Preciado del PAN concluyó que Salinas cometió cuatro errores:
1.- Evitó la devaluación por cuestiones electorales.
2.- No negoció adecuadamente con el PRD.
3.- Eludió la devaluación para que el tratado de comercio libre fuera ratificado por el Congreso de EU.
4.- Y creyó que la inestabilidad económica de México era de corto plazo.
En "La crisis económica de 1994", estudio 273 de la Fundación del PAN, se recuerda que del 3 al 21 de noviembre, el periodo más duro de la especulación, el Banco de México perdió 3 mil 677 millones de dólares. Por tanto, los análisis de Salinas y de Aspe en la reunión del 20 de noviembre fueron manipulados para atenazar a Zedillo, cortarle margen de maniobra y chantajearlo con una devaluación en su nueva administración si no aceptaba ratificar a Aspe en Hacienda.
Los datos de la fuga de capitales en las tres primeras semanas de noviembre confirmaban las versiones de que la crisis de confianza era contra Salinas. Zedillo cometió a su vez dos errores: no pudo ofrecer confianza con su gabinete --presionado por el continuismo de Salinas-- y operó lentamente la devaluación.
Mañosamente, Salinas esconde datos que deben incluirse en el análisis de la devaluación. Dos fueron importantes: hacia finales del año, la Fed de Estados Unidos, el temible y dañino Alan Greenspan, aumentó las tasas de interés a lo largo del año de 3% a 5.5% y los capitales se fueron a EU; y el 19 de diciembre el EZLN movilizó tropas, ocupó posiciones nuevas. Ese día cayó 4.25% la bolsa, subieron los Cetes. Y al día siguiente se movió 15% la banda superior de la tasa cambiaria, pero sin mover las tasas de interés y subiendo los salarios. La economía se salió de control.
Agobiado por el peso de la historia, Salinas publicó un libro para vengarse de su sucesor, pero también para engañar a los lectores. La devaluación del 20 de diciembre de 1994 fue decidida y operada por Zedillo, pero sobre la herencia de Salinas de una economía quebrada. Salinas le dio más importancia a su ambición de dirigir la OMC que a manejar la política económica con responsabilidad. Y los mexicanos siguen pagando esos platos rotos.

IV
La crisis financiera de 1994-1995 tuvo, además de la responsabilidad de Carlos Salinas, la corresponsabilidad de Pedro Aspe como secretario de Hacienda. Aspe cometió el error de menospreciar el papel negativo de la cuenta corriente de la balanza de pagos y privatizó los bancos por intereses políticos y no de eficiencia.
En su libro El camino mexicano de la transformación económica, una especie de propuesta como precandidato presidencial en 1993, Aspe se enorgulleció de una propuesta novedosa dentro de la teoría económica: el fin del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos como factor de crisis y su transformación en lo que llamó pomposamente el "nuevo mecanismo de transmisión".
Pero la crisis de 1994 fue detonada, entre otros factores, justamente por el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Así lo establecieron Shahid Javed Burki y Sebastian Edwards, el primero vicepresidente para América Latina y el Caribe del Banco Mundial y el segundo economista en jefe de esa vicepresidencia. En su estudio "Latin American after Mexico: quickening the pace", de junio de 1996, concluyeron:
"La principal razón de la crisis del peso mexicano (en 1994) fue el insostenible déficit en la cuenta corriente, financiada con ingresos de capitales de largo plazo".
Paradójicamente, para los autores el aumento en el déficit en la cuenta corriente fue producido por el "éxito" en las reformas mexicanas. El capital externo ayudó a financiar el boom económico del salinismo y en 1994 contribuyó a una expansión del gasto público, ante una caída del ahorro interno.
La estrategia de Aspe-Salinas era convertir al déficit en la cuenta corriente en el pivote del desarrollo. Por eso el saldo en ese déficit pasó de 5 mil 800 millones de dólares en 1989 a casi 30 mil millones de dólares en 1994. Esa escandalosa cifra tuvo que estallar en un sobrecalentamiento de la economía, en una presión inflacionaria y en la devaluación de diciembre de 1994.
En su libro de precampaña presidencial, Aspe estableció que en el pasado el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos era sinónimo de crisis: "era el resultado de una economía sobrecalentada e impulsada por un mayor gasto gubernamental y financiada con un endeudamiento externo cada vez mayor". A este esquema Aspe le llamó el "viejo mecanismo de transmisión".
Con orgullo, Aspe presentó en sociedad, en 1993, su "nuevo mecanismo de transmisión": "la secuencia va de mejores oportunidades para invertir --derivadas tanto de los cambios en las expectativas como de una mejoría real en las condiciones económicas "objetivas"-- hacia una mayor inversión privada financiada por la repatriación de capitales, flujos de inversión extranjera directa y complementada también con el ahorro interno adicional".
El esquema teórico estaba basado en suposiciones, muy al estilo de los economistas: "supongamos una realidad dada...". El análisis de los funcionarios del Banco Mundial reveló una caída del ahorro interno de 22% del PIB en 1989 a 12% durante el trienio 1992-94. Para Aspe, en su libro, la reforma económica y financiera salinista se reflejaría como factor de auge en la balanza de pagos y en los mercados financieros, pero en realidad fue al revés: el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos de 1994, de casi 30 mil millones de dólares, necesariamente llevaría al país a un colapso devaluatorio.
En este contexto, la argumentación de Salinas de que la devaluación se contendría con una reafirmación del pacto con los sectores productivos es una prueba más de su incapacidad económica. Y de paso, el papel detonador de una crisis devaluatoria de la cuenta corriente de la balanza de pagos echó por tierra el modelo teórico de Pedro Aspe del "nuevo mecanismo de transmisión". Y al final de cuentas, el déficit, la crisis y la devaluación de 1994 demostraron que la estructura económica de México siguió siendo la misma.
Por Carlos Ramírez

Post RLB Punto Politico.

noviembre 16, 2008

La migración china a América es incontenible

Las corrientes migratorias asiáticas al litoral americano del Pacífico no han sido siempre edificantes para los dos términos de la relación bilateral, como lo explica el estudioso de la geopolítica de las mafias Xavier Raufer.


Pero la autoridad mexicana migratoria no está suficientemente calificada, desde el punto de vista moral, para distinguir al delincuente de un inmigrante constructor. Además de esa limitante, el Ministerio del Interior de México, ignora que una parte de la delincuencia organizada china responde a diseños imperialistas a la que es indispensable al menos conocer.
Es urgente una mejor aplicación del derecho internacional privado en México teniendo a la vista la predicción de los geopolíticos de la delincuencia de que muy pronto los estados nacionales no podrán contener la criminalización de las esferas públicas, un sentido en el que México está ya muy bien encaminado.
A lo largo de la historia de México, los chinos han dejado su huella imborrable, en la medida que esos inmigrantes asiáticos han hecho contribuciones al desarrollo económico de México y de las relaciones entre ambos pueblos. Sin embargo, en la historia mexicana ha habido algunos periodos en que los chinos fueron maltratados, discriminados e incluso asesinados.
Hoy la tónica de las relaciones tiende a la concordia por lo menos desde el punto de mira de China. Y no obstante la tirantez en algunos aspectos del fenómeno de recepción de migración asiática en México, el apaciguamiento de los contrastes marca al nuevo escenario y la posibilidad del bloqueo de las tendencias delictivas que se incrustan en los procesos migratorios de todo tipo. Va una cronología de las relaciones entre ambos países lo da la embajada de la República Popular China en México, en el sentido que hemos indicado:
"Tras el triunfo de la revolución encabezada por el doctor Sun Yatsen y la consiguiente proclamación de la República China en 1912, la Legación mexicana recibió instrucciones de continuar representando los intereses de México ante el nuevo gobierno. Dada la situación de inestabilidad que siguió a la proclamación de la República, así como la ulterior invasión japonesa y la guerra civil que sacudió el territorio chino, la Legación mexicana trasladó sucesivamente su sede a las ciudades de Nanjing -a la postre capital Republicana- y Shanghai, donde finalmente la invasión nipona obligó a su clausura en 1941. La representación china en México, no obstante, continuó funcionando ininterrumpidamente. Cabe señalar que, paralelamente a su Legación, México mantuvo a principios de los años treinta un consulado honorario en la ciudad de Shanghai.
"En 1942 México restableció su Legación en la Ciudad de Chongqing (Chunkín), sede provisional de los poderes de la República. Un año después, ambos gobiernos acordaron elevar sus respectivas legaciones a nivel de embajada. En 1945 el general Heliodoro Escalante presentó sus cartas credenciales al presidente Chiang Kai-shek (Jiang Jieshi) como primer embajador de México en China. Más tarde, de 1947 a 1949, el general Francisco J. Aguilar fungió como embajador mexicano.
"En 1949 el gobierno del Kuomintang (Partido Nacionalista de China), derrotado por las fuerzas del Ejército de Liberación Popular, se refugia en la isla de Formosa o Taiwán y anuncia la creación de la “República de China”. En el continente, el Partido Comunista proclama, el 1 de octubre, la creación de la República Popular China, con capital en Beijing (Pekín).
"De 1949 a 1971, México mantuvo relaciones diplomáticas con el gobierno del Kuomintang, aunque no se estableció representación diplomática mexicana alguna en el país durante ese período, y se habilitó al Embajador de México en Japón como concurrente.
"El17 de noviembre de 1971 México se unió al voto favorable al ingreso de la República Popular de China a la Organización de las Naciones Unidas como representante único de esa Nación, reconociendo su indivisibilidad territorial. Subsecuentemente, el 14 de febrero de 1972, México y la República Popular de China establecen relaciones diplomáticas".
Los resultados psicosociales del maltrato a los asiáticos
El doctor Jorge Gómez Izquierdo publicó un análisis titulado El Movimiento antichino en México (1871-1934), que data de 1991. En su libro indica que los chinos participaron, como en Estados Unidos, en la construcción de ferrocarriles y en la industria minera, con sus actividades ayudaron al dinamismo de las ciudades que surgían a lo largo del ferrocarril o en los distritos mineros. En 1896 llegaron 800 chinos para trabajar en las minas de cobre del po-blado de San Felipe en Coahuila.
Guaymas y Mazatlán, dice el investigador social, fueron los principales puertos de entrada para los chinos al norte del país, ahí trabajaron durante la década 1900 a 1910 en la construcción del ferrocarril Sud-Pacífico. Los minerales de Cananea también requirieron de jornaleros chinos. Desde esta época Sonora y Sinaloa recibieron más chinos que cualquier otra región mexicana. Los estados norteños de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Sinaloa y Sonora concentraron a la mayoría de los inmigrantes orientales. Aunque éstos también se ubicaron en proporciones significativas en Chiapas, Oaxaca y Yucatán a partir de los años noventa. En 1890 llegaron a Chiapas desde Panamá comerciantes chinos que se establecieron con éxito en Tapachula. (Chieng Chieh Chang, The chinese in Latin America, Univ. of Maryland,1956).
Prejucios raciales
El objetivo del libro de Gómez Izquierdo es también el de analizar la forma que adquirió el prejuicio racial antichino en el México de las últimas tres décadas del siglo XIX y de las tres primeras del siglo XX. "El odio antichino es un caso de manipulación del prejuicio racial pre existente [...]. Las pulsiones antiextranjeras que existían entre los mexicanos antes de la revolución e 1910 llegaron a convertirse en uno de los factores coadyuvantes en la identificación de los mexicanos en cuanto tales".
En el odio a los extranjeros, los mexicanos de todas las clases se ”hermanaban”. La revolución de 1910 despertó en la población perspectivas de mejoramiento en sus condiciones de vida, que al parecer no se cumplieron, lo que sin duda ocacionó una frustración y una inconformidad que hubieran podido generar posibles estallidos. El relativo éxito de la colonia china se convirtió, para ciertos sectores nacionalistas de las sociedades norteñas, en el objeto sobre el cual podía descargar la inconformidad, el odio, la frustración y la envidia contenidas".
Además de esos aspectos del chovinismo mexicano, que menciona el autor, no hay que olvidar el carácter excluyente de ciertos aspectos del nacionalismo mexicano impulsado bajo la batuta del presidente Porfirio Díaz, en cuyo gobierno apareció el culto de Benito Juárez, cargado de símbolos xenofobos.
La experiencia histórica merece nuestra reflexión
La primera condición histórica de que hubiera migración china a México dependía hace 150 años, a mediados del siglo XIX, del exterminio de la nación china a manos de la expansión imperialista británica. Pero en el medio siglo transcurrido desde el triunfo de los comunistas en 1948, la inconformidad es explicada con los errores y la violencia desatada al imponer el bolchevismo chino una concepción productivista de la economía, emanada de la importada filosofía occidental que está inmersa en todo el marxismo.
No podemos perder de vista este defecto de marca a la hora de analizar el proceso migratorio de chinos a México, cuya cuantía se ha perdido de vista a medida que el tiempo ha avanzado, hasta convertirse durante la administración derechista del Estado instaurada en 2000 en un verdadero misterio.
La Ruta Marítima de Seda y la Nao de China
Según los archivos chinos y extranjeros, los primeros contactos comerciales entre China y México datan del siglo XVI. Los galeones de Manila, llamados también Naos de China navegaban en el Océano Pacífico ligando estrechamente China y México. Las naves chinas no sólo ayudaron a establecer las relaciones comerciales entre ese país y México, sino también contribuyeron a promover la amistad entre los dos pueblos y a canalizar los intercambios entre el Oriente y el Occidente, escrbiendo de este modo una brillante página en la historia de las civilizaciones.
Tanto México como las Filipinas eran, a mediados del siglo XVI, colonias de Espaňa. Las islas filipinas pertenecían administrativamente al Virreynato de Nueva España (México). España formalizó una ruta marítima en el Océano Pacífico: Sevilla (España)- Acapulco (México) -Manila (Filipinas) -las Costas de Fujian y Cantón (en China).
La primera nave procedente de China que ancló en Acapulco fue el Galeón San Pablo, cuya fecha exacta de llegada a Acapulco fue el 8 de octubre de 1565. Desde entonces, los navíos chinos, cargados de objetos de porcelana y tejidos de seda, desafiando el oleaje, llegaban a México pasando por Manila, abriendo de este modo una nueva Ruta de la Seda. En 1815, la última nave de China, el Galeón Magallanes, partió de Méxicio para Manila, poniendo término a la ruta marítima a- Las Filipinas-México. La ruta marítima de la seda duró 250 años.
Los datos históricos de México registran que en el siglo XVI ya había barrios chinos en algunas ciudades. Médicos, sastres, tejedores, orfebres, herreros, carpinteros y comerciantes chinos se establecieron en ellos trabajando de generación en generación. En su memorial fechado el 22 de junio de 1635 y dirigido a Pedro Santillán, presidente del cabildo de la Ciudad de México, Fernando Souza se quejaba del creciente número de barberos chinos en la Ciudad de México que ocupaban los trabajos de los nativos y pedía que tomara medidas para reducir la cantidad de las barberías chinas a doce fuera del centro de la ciudad.

En el siglo XVII gran numero de de colonos y esclavos chinos se vieron obligados a realizar un trabajo en las minas de Zacatecas. En 1646 había muchos chinos que trabajaban también como esclavos en la mina de Francisco de Escobedo, en Tepic, al sudoeste del país.
Los primeros culíes chinos en México
Según los datos del Archivo General de la Nación, el Registro Nacional de Extranjeros en México (AGNRNEM 19) el primer grupo de “culíes o coolies” chinos llegó a México en 1875 (1864, segun otras fuentes. Según el Registro Nacional de Extranjeros del Archivo General de la Nación, los chinos sumaban 214 en el periodo 1875-1899, y llegaron a alcanzar 3 442 en la década de 1900-1910. En realidad, era mucho mayor el número de los chinos que llegaron a México desde EU porque muchos de ellos entraron en México en forma irregular, sin registro migratorio.

La representación administrativa mexicana contrataba en Estados Unidos a los obreros chinos para la construcción de dicho ferrocarril. Entre los años 1876 y 1877, Liang Jingmao, Ma Linyong, Zhu Binglin, Zhu Changye, Zheng Zhong, Ma Hen, Ma Zhu, Ma Duolun, Liang Richu, Liang Rumao y otros, contratados por los comerciantes ingleses, llegaron a Ensenada provenientes de EU, donde se dedicaban a talar los árboles cuya madera servía de combustible a los trenes; construían los caminos y explotaban los minerales. En 1884, llegaron los chinos a Guymas. En 1885, un grupo de chinos llegó a Tampico contratado por los comerciantes estadounidenses. En 1889, había en Ensenada más de 30 migrantes orientales. En 1891 llegaron a México los primeros inmigrantes procedentes en directo de China.

El establecimiento de las relaciones diplomáticas entre China y México
Con la llegada al poder de Porfirio Díaz, en 1877, México emprendió el proceso de modernización. Díaz gobernó México más de tres décadas, pacificó el país, logró el desarrollo de su economía y sentó las bases de una democracia que aún no ha despegado. A finales del siglo XIX, a medida que se desarrollaba la economía de enclave, México necesitaba mano de obra barata para el trabajo en las minas y la construcción de vías férreas. La administración porfiriana llaneaba reclutar un gran contingente de obreros chinos ya ubicados en Estados Unidos para que trabajaran en México.

Hacia 1875, Matías Romero, ministro plenipotenciario mexicano acreditado en EU vio con interes la migración china y sugirió la conveniencia de enviar una legación a China: Me parece que los únicos colonos que podrían venir a establecerse o a trabajar en nuestras costas son los asiáticos, procedentes de climas semejantes a los nuestros, y principalmente de China…Esta no es una vaga utopía. Hace años que se ha tenido esta inmigración, siempre cautelosa, cautela que le ha dado buenos resultados.
[…] En 1897, Wu Tingfang, ministro plenipotenciario del gobierno de la Dinasta Qing en Estados Unidos y Matías Romero, ministro plenipotenciario mexicano acreditado en ese país renovaron las negociaciones y redactaron conjuntamente, tras numerosas consultas y concesiones recíprocas, un proyecto del tratado. Al aňo siguiente, cuando ya se disponían a firmarlo, falleció Matías Romero. En verano de 1899, Manuel de Aspiroz, el nuevo ministro plenipotenciario de México en EU se reunió con Wu Tingfang, redactando conjuntamente el proyecto final del tratado.
[…] El establecimiento de las relaciones bilaterales constituyó un punto de viraje en la historia de las relaciones entre China y México en diversos terrenos. En primer lugar aumentó la inmigración china en México.En 1904 los inmigrantes chinos sumaban 8 mil y en 1910, ascendían a más de 30 mil. El establecimiento de las relaciones diplomáticas mejoró en cierto sentido las condiciones de vida de los obreros chinos e inmigrantes chinos en México y redundó en favor de su status legal.
Las aportaciones chinas a la prosperidad de ciudades fronterizas
A comienzos del siglo XX, terminada la construcción del ferrocarril, muchos trabajadores chinos quedaron sin empleo. Además, debido a un decreto aprobado en EU. contra los emigrantes chinos, muchos chinos llegaron al norte de México provenientes de San Francisco y otros lugares de los EU En 1910, el número de los chinos radicados en México alcanzó a 13 mil (30 mil según otras fuentes y 23 mil es el cálculo de la cantidad de chinos que viven en México según algunas pitonisas). Los chinos se establecieron en Baja California, Coahuila, Chihuahua, Sonora, Nuevo León, Sinaloa y Tamaulipas eran empleados en la construcción de los ferrocarriles y carreteras, o trabajaban en el campo para los cultivos y en las minas. Este grupo oriental contribuyó a la fundación y la prosperidad de ciudades fronterizas como Mexicali.

Mexicali se fundó el 14 de marzo de 1903 con la llegada de 500 campesinos, y al año siguiente contaba con unos 10 mil habitantes. En 1905, Harry Chandler, editor de Los Angeles Times y dirigente del sindicato Colorado River Land Company, importó un número considerable de trabajadores conocidos como culíes. Pocos años después, se habían establecido en el lugar unas 30 organizaciones de chinos. En 1919, Mexicali tenía una población de unos 10 mil habitantes, de los cuales unos 9 mil eran chinos. Los chinos fincaron allí granjas, tiendas, constituyendo la principal parte de la sociedad de Mexicali y sus alrededores. La lengua china era la lengua común, y los recibos escritos en chino servían de cheques. Había en Mexicali teatros, casa de té, residencias, restaurants al estilo chino, Mexicali parecía una ciudad china, que era conocida por los chinos en México como la Pequeña Cantón.
En Tamaulipas los chinos primero trabajaron en construcción del ferrocarril de Tampico a San Luis Potosí, luego en la explotación de petróleo. A partir de Tampico ampliaron su zona de influencia a la Huasteca veracruzana, donde fundaron una red de comercios alineada con la explotación de hidrocarburos en Tancoco y Cerro Azul, y el esparcimiento de los obreros petroleros. A partir de la década de los veintes la colonia china en Veracruz merecía el análisis de una publicación semanal que apareció 10 años más tarde: Sucesos para todos. Esta publicación registró incluso la aparición de la triada china en las zonas petroleras veracruzanas y tamaulipecas, siguiendo la hipótesis de que donde hay chinos y dinero, hay triadas, es decir, mafias.
[…] A Chiapas llegaron los primeros inmigrantes chinos en 1890 como comerciantes. Procedían de Panamá. Establecieron prosperos negocios en Tapachula. En 1898, mil trabajadores chinos fueron enviados a Oaxaca para trabajar en los ferrocarriles.
México también atrajo capital chino. En 1889, un grupo de comerciantes asiáticos residentes en San Francisco invirtieron en las minas de Baja California 328 mil dólares. Capital de comerciantes de Shanghai fue invertido en las minas de Sonora. En enero de 1906, Kang Youwei, promotor del movimiento reformista en China, viajó a México para investigar las posibilidades de invertir en el país. En Torreón, estableció la Companía bancaria México - China, subsidiaria de la Corporación Comercial. Tenía como función la compra y venta de bienes raíces y la transferencia de fondos a Nueva York y Hong Kong.
Las campaňas antichinas durante 1911 - 1936 y sus consecuencias
Durante la Revolución Mexicana de 1910 hubo un incidente que ocasionó la protesta del gobierno chino ante el gobierno de México. Las fuerzas de Francisco I.Madero, comandadas por su hermano Emilio Madero, entraron en la ciudad de Torreón el 15 de mayo de 1911. Junto con ellos entró un grupo de alrededor de 4 mil hombres que atacaron, robaron y asesinaron a los chinos. Los daños alcanzaron un total de 850 mil dólares por el saqueo de un banco, el Club chino, tiendas comeriantes y restaurantes. Murieron alrededor de 303 chinos y 5 japoneses. (2 millones de dólares en daños y 316 muertes según otra fuente)…
En la década de 1920, el gobierno mexicano y el chino revisaron el Tratado de 1899 y firmaron un acuerdo que serviría como modus vivendis. Según este acuerdo, el Tratado de 1899 continuaría vigente hasta que se elaborara una enmienda definitiva. La inmigración de trabajadores chinos a México estaría sujeta a las regulaciones que establecieran en común acuerdo ambos gobiernos. De hecho, el gobierno mexicano prohibió la inmigración de trabajadores chinos en 1921.
Los chinos en México desde 1936 hasta hoy
La ola contra los emigrantes chinos se calmó con la toma llegada al poder del presidente Lázaro Cárdenas en 1936. Aumentó paulatinamente el número de los chinos en México, en 1943, había en México 12 500 chinos. No se sabe con certeza cuántos chinos hay en 2008 en el país, una incertidumbre a la que contribuyen los desplazamientos clandestinos de chinos a las actividades legales y a las que describen autores como Xavier Raufer, de Francia.
A partir de de la Segunda guerra mundial, la política de los gobiernos mexicanos hacia la emigración china ha sido cambiante, entre tensa y flexible. En 1969, había unos 16 800 chinos, entre los cuales, los descendientes ocupaban una tercera parte. En 1971, el presidente Luis Echeverría reconoció a la República Popular China como el único gobierno legítimo de China… El 14 de febrero de 1972, México rompió sus relaciones con Taiwán y estableció en cambio las relaciones diplomáticas con la República Popular China.
La migración china a México tiene lugar por motivos de sobrevivencia
La intensidad de la tragedia relacionada con las guerras del opio, y sobre todo a la destrucción de las instituciones imperiales chinas, que es en general ignorada por la mayor parte de la clase política occidental y los investigadores de nuestra parte del planeta, fue vivida en carne propia por los inmigrantes chinos que emigraron a México.
El pillaje, el hambre y la represión durarán un siglo, de 1840 con la derrota china a manos de los ingleses, hasta 1949 con la llegada de los comunistas al poder, periodo de la migración inicial cuando el derecho de asilo no era parte de la parafernalia de la clase gobernante mexicana. La migración ilegal tenía que hacerse como se sigue haciendo: a gran precio en beneficio de las autoridades migratorias mexicanas corruptas. Los investigadores anglosajones, por ser buenos conocedores de este periodo, estiman que el número de las víctimas oscila entre120 y 150 millones en un siglo y medio.
*Xu Shicheng, autor de algunas informaciones contenidas en este artículo, es profesor-investigador titular y vice-presidente del Comité Académico del Instituto de América Latina (IAL), anexo a la Academia de Ciencias Sociales de China y vice-presidente de la Asociación China de Estudios Latinoamericanos es el autor de las tesis centrales del artículo.

Por Gaston Pardo

Post RLB Punto Politico.

octubre 20, 2008

Crack del 29: la desmemoria + Un perfil de Paul Krugman

Dicen que los que no conocen el pasado tienen el peligro de repetirlo. Extraña, por lo pronto, que uno de los historiadores, estudiosos y analistas del crack bursátil de 1929, Ben Bernanke, sea al presidente de la Reserva Federal al que le estalló el colapso de 2008.
Uno de los trabajos más completos sobre el 29 fue el de los periodistas Gordon Thomas y Max Morgan-Witts, titulado El día en que se hundió la bolsa. Se trata de una recuperación del crack a partir de personajes, de personas de carne y hueso, y de todos los niveles.
Presentamos aquí las páginas finales del trabajo de Thomas y Morgan:
Joseph Kennedy sobrevivió al crack con su riqueza intacta, su familia segura y su futuro brillante. A partir de 1930, en una serie de operaciones audaces, ingeniosas y, a menudo, implacables, incrementó considerablemente su fortuna.
El total obtenido por Kennedy de esta manera se calcula, diversamente, entre 1 y 15 millones de dólares. Volvió a ganar dinero cuando fue derogada la Ley Seca, ya que poseía almacenes enteros llenos de licor en previsión del día en que volviera a permitirse la bebida. Continuó obteniendo grandes ganancias con la propiedad inmueble. Su íntimo amigo y confidente, el agente inmobiliario John J. Reynolds, reconoció una vez indiscretamente que Kennedy había ganado 100 millones de dólares con transacciones inmobiliarias.
Es una de las pocas ocasiones en que se haya podido valorar una parte de la riqueza de Joe Kennedy.
En julio de 1934, fue nombrado por Roosevelt primer presidente del recién creado Consejo Bursátil. Muchos lo consideraron como una astuta maniobra para hacer que lo controlase uno de los más implacables especuladores de Wall Street.
Observadores desapasionados consideraban que realizó un buen trabajo en la presidencia del Consejo. Su función en el Consejo contribuyó a preparar el camino para una carrera política más ambiciosa que acabó viendo a un Kennedy instalado en la Casa Blanca.
Joe Kennedy murió serenamente, el 18 de noviembre de 1969 en su casa de Hyannis Port. Tenía ochenta y un años.
El crack no ejerció ningún efecto inmediato sobre la fortuna de Henry Ford, quien lo consideró simplemente como algo que Wall Street se merecía.
Su compañía sobrevivió a los lóbregos años 30, pero estuvo en un tris de sucumbir. Detroit era un espectro de lo que había sido. A todo lo largo de la nación, los automóviles permanecían inmóviles, porque sus propietarios no podían permitirse el lujo de utilizarlos.
El precio del petróleo de Texas bajó a cuatro centavos el barril.
La inquietud industrial invadió a la Rouge. Harry Bennett dirigió la lucha contra los sindicatos. Hubo derramamiento de sangre y muerte. Pero llegó la Segunda Guerra Mundial... y renació la fortuna de Ford.
El 7 de abril de 1947, murió a consecuencia de un derrame cerebral. Tenía ochenta y cuatro años.
Cincuenta años después del crack, Pat Bologna, limpiabotas de sesenta y nueve años, y Michael Levine, jefe de mensajeros, de ochenta y siete, continuaban todavía activos, todavía trabajando en Wall Street.
Cuando se hubo aplacado el choque del crack, cuando sus efectos secundarios se hubieron disipado hasta fundirse luego en la debilitante Depresión, subsistieron dos preguntas. «¿Por qué había sucedido?» «¿Podría suceder de nuevo?»
Las preguntas daban pábulo a analistas de mercado, economistas, historiadores, inversores y especuladores.
Buscando una explicación histórica, algunos intelectuales situaron el origen del crack en la Primera Guerra Mundial y en el carrusel de dinero que resultó de las reparaciones de guerra impuestas a una Alemania derrotada. Muchos consideraban los momentos de esplendor que precedieron al crack como una parte integrante de los tiempos.
Millones de hombres y mujeres corrientes creían que la «locura de la Bolsa» había sido consecuencia de la pérdida de la fe en la gran tradición puritana de que toda paga debía ser fruto del trabajo honrado. Llegaron a la reconfortante conclusión de que el crack era la inevitable consecuencia de una locura originada por la creencia de que ya no era necesario ganarse el dinero; de que la Bolsa, durante un breve período de tiempo, había funcionado como sustitutivo del método normal de adquirir riqueza.
Más tarde, el Federal Reserve Board llegó a ser criticado desde todos los sectores. Se dijo, y se dice aún, que dio lugar al auge de la Bolsa en 1927 cuando redujo los tipos de interés e hizo más fácil el dinero. Casi todo el mundo está de acuerdo en que el Board sofocó la última oportunidad de evitar el crack cuando, en marzo de 1929, «aconsejó» y «solicitó» una reducción del dinero suministrado para la especulación, pero no hizo nada para reforzar sus palabras con una acción enérgica. Así, según se dice, se permitió que la «orgía», sin control de ninguna clase, fuera empeorando cada vez más.
Los hay que designan a personas concretas como los auténticos protagonistas de la historia: Mitchell, por su desprecio a las recomendaciones del Federal Reserve en marzo de 1929 y suministrar más dinero al mercado cuando el Board acababa de pedir su reducción; Churchill, que devolvió a Gran Bretaña al patrón oro en 1925; el presidente Coolidge, el presidente Hoover, Thomas Lamont, Clarence Hatry, el profesor Fisher..., la codicia humana.
Un artículo publicado a finales de 1977 en el Wall Street Journal sostenía que era posible argumentar convincentemente que en su cúspide de 1929 la Bolsa «estaba exactamente donde debía estar y que el crack fue consecuencia de un tremendo error político»: la Ley Arancelaria Smoot-Hawley de 1930.
¿Podría repetirse el crack?
El profesor Kenneth Galbraith, cree que muchas de las lecciones corren el riesgo de ser olvidadas; o que, aunque no se olviden jamás, el hombre puede ser incapaz de emprender acciones correctoras en el presente para evitar un desastre financiero en el futuro.
La mayoría de los profesionales de Wall Street tildan de especulación malévola cualquier insinuación de otro gran crack. Tienen fe en Norteamérica.
Hay también en Wall Street respetadas figuras que afirman la inminencia de otro crack. Y hay quienes aseguran enfáticamente que la Bolsa misma es ahora, como lo fue en 1929, un simple cuadro de conmutadores, «anticuado, innecesario y que debe ser suprimido». Y están, naturalmente, también los que creen que la Bolsa se encuentra en vísperas del «boom económico más grande y poderoso de la Historia». Sólo hay una cosa preocupante en estas palabras. Han sido ya utilizadas antes de ahora. La víspera del día en que se hundió la Bolsa.
KRUGMAN, DE CARNE Y HUESO
Un colaborador frecuente de esta columna, el político y analista liberal Jorge Sánchez Tello, envío un perfil político y personal de Paul Krugman, el ganador del premio nobel de economía:
La mañana del lunes, 13 de octubre, me despierto con la feliz noticia de que la Real Academia Sueca de las Ciencias ha otorgado el Nobel en Economía al profesor de la Universidad de Princeton, Paul Krugman. Sin duda, el economista que mejor escribe desde John Maynard Keynes, como rezaba en la contraportada de una de sus obras más conocidas, El teórico accidental y otras noticias de la ciencia lúgubre. Tan grata noticia sorprende más, si cabe, en un momento de absoluta escasez de debate en el ámbito de la Ciencia Económica, y en pleno auge de una crisis que apunta al corazón del sistema. Ni los más optimistas esperábamos tan merecido galardón.
El premio que se le otorga a Paul Krugman es tan solo un jalón más en el largo camino hacia la posteridad. Ya, en 1991, recibió la medalla John Bates Clark, un trofeo más difícil de lograr que el Nobel, a juicio de los entendidos. En 2004, se le concedía el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Se reconocía, así, su contribución al pensamiento económico y una gran labor investigadora. Por su parte, la Academia justificaba el galardón por "su análisis sobre los patrones comerciales y dónde se lleva a cabo la actividad económica". Su «nueva teoría del comercio», formulada en 1979, permitió superar la tesis del economista David Ricardo, vigente desde principios del siglo XIX, basada en las ventajas comparativas. La tesis, aunque remozada con posteriores aportaciones, no explicaba el progresivo dominio del comercio internacional por países con condiciones similares y que comercializaban los mismos tipos de productos. Krugman elaboró un modelo que incorporaba economías de escala y competencia monopolística. Tal estructura de mercado daba lugar a la presencia de diferenciación en los productos y lealtad del consumidor a la marca. La nueva teoría sirvió de base a nuevos campos de investigación, tales como la denominada «nueva geografía económica », para explicar las pautas de la localización espacial del desarrollo.
La Academia ha reconocido el saber económico, pero también al economista político, al científico social que ha sabido introducir en sus análisis variables como el poder o los intereses, a menudo ignoradas en los modelos económicos convencionales. Krugman no huye de la formalización, pero entiende, con Von Neuman, que "cuando una disciplina matemática se aleja de su fuente empírica está amenazada de graves peligros". Con economistas como él no hay peligro de que la disciplina económica pierda contacto con los problemas reales.
Pero Krugman no es un personaje marginal. Asesor de la Casa Blanca con Reagan, y de instituciones como el FMI, o la ONU, fue excluido, en última instancia, del equipo económico de Clinton a su llegada al poder en 1992. Con el paso de los años Krugman ironizó que tal empleo no iba con su carácter y, además, se hubiera visto obligado a andar de traje todos los días. Su vida académica transcurre en las universidades más prestigiosas del país: graduado en Yale, doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde ejerció la docencia y profesor de la Universidad de Princeton, en la actualidad. Su trayectoria puede suscitar odio, pero nunca desprecio oconmiseración.
Si en un primer momento canalizó su crítica hacia los "buhoneros del disparate económico" y sus recetas, en el presente cuestiona los postulados de economistas neoliberales y de líderes políticos neocons con sarcasmo. En el mundo de la retórica, entendida como arte de la persuasión, son reseñables sus columnas en diversas revistas económicas y, sobre todo, en el influyente diario New York Times. En 'El gran engaño' (2003) y en su último libro, 'Después de Bush' se recopilan parte de estos artículos y se critica la deriva del Partido Republicano hacia posiciones próximas a la extrema derecha y a uno de los defensores de dicha ideología, el mítico Alan Greenspan. Muy preocupado por la desigualdad creciente de las condiciones materiales, generada por la nueva cultura del dinero en EEUU, denuncia la desaparición de la clase media, la muerte del sueño americano y el regreso de las desigualdades de rentas a los niveles de los años 20 del siglo pasado, cuando era una nación en la que el privilegio convivía con la más abyecta miseria. Critica la "teoría económica del derrame" implantada por Bush y reclama rehacer el new deal. Haciendo uso de su mordacidad, Krugman llega a retar al lector a plantear acciones políticas para convertir a Estados Unidos en una sociedad de castas. En su opinión, para lograrlo debería eliminarse el impuesto sobre el patrimonio, reducirse las tasas impositivas de las personas de ingresos altos, trasladando la carga a los asalariados y crearse paraísos fiscales. También, deberían recortarse los gastos en salud y educación públicas y privatizar gran parte de las funciones gubernamentales.
Su preocupación por las vicisitudes del sistema financiero se ponía de manifiesto con una obra de título premonitorio: 'De vuelta a la economía de la gran depresión' (2005). En ella propone una reforma radical del sector para evitar las crisis futuras y plantear un horizonte más estable, y extender las regulaciones de los bancos comerciales a los de inversión, hedge funds y otros productos financieros. En sus últimos escritos ha sido muy crítico con el plan de rescate propuesto por Henry Paulson, al que describe como una suerte de intercambio desigual: "dinero a cambio de basura".
La Economía Política está de fiesta como en la divertida sátira de Berlanga al aislamiento internacional de la España de mediados del siglo XX. Pero esta vez, la caravana de las ideas económicas no ha pasado de largo: Bienvenido, Mr. Krugman.
Por Carlos Ramirez.
Post RLB Punto Politico.

abril 09, 2008

Octavio Paz en el Palacio Legislativo de Siracusa

Octavio Paz en el Palacio Legislativo de Siracusa o
el Muro de Berlín de la Cámara de Diputados
Los intelectuales y el poder,
una pasión desdichada

A la memoria de José Revueltas
I
Como ensayista político, Octavio Paz fue una piedra en el zapato de todos: de los intelectuales, de los gobiernos priístas, del PRI, de los medios, de la academia, de la izquierda y hasta de la derecha. Sin embargo, Paz sufrió la incomprensión de la república de las letras porque su función asumió, siempre, la de la crítica al poder, al stablishment, en un ambiente de cultura política dominado por la ideología del Estado priísta en el que --Mario Vargas Llosa dixit-- el Estado ideal de la “dictadura perfecta” se sustentaba en la posibilidad de incluir en los espacios del Estado a la disidencia intelectual más radical.

Por eso se explica la decisión de diputados de la comisión de cultura de la cámara de diputados de negar la incorporación del nombre de Octavio Paz en el muro del Palacio Legislativo, hoy convertido en el Muro de Berlín del sistema político priísta administrado por el gobierno panista. De haber vivido, Paz hubiera visto esta posibilidad con honor pero con distancia, y la negativa sin duda que le hubiera provocado malos humores. Pero al final de cuentas Paz habría de ser, a lo largo de si vida al servicio de la crítica, una víctima propiciatoria del Estado cultural reforzado por André Malraux en la Francia de la posguerra, sin duda excluyente desde la condena a Sócrates y cerrado desde Dionisio II en la Siracusa de Platón, ese Estado cultural ideológico mexicano que ha impedido la transición a la democracia.

La política, el poder, el Estado, el sistema, el stablishment fueron, para Paz, la Siracusa del fracaso de Platón y el reinado del príncipe Dionisio II. En su Carta VII, Platón razona su fracaso: había sido invitado en tres ocasiones a Siracusa, en Sicilia, para ayudar en la educación política de Dionisio II. El propósito de Platón fue el de aplicar en la realidad sus tesis del Rey Filósofo, es decir, el gobernante que tuviera las virtudes de la filosofía en la gobernación de la realidad y sus contradicciones. En tres ocasiones fracasó. En una de ellas, cuentan, Platón fue vendido como esclavo por Dionisio II y hubo de pasar vicisitudes varias para recuperar la libertad.

El fracaso de Platón en Siracusa ha sido establecido como símbolo de la relación frustrada entre la inteligencia y el poder, entre el intelectual y el príncipe, entre el escritor y el Estado. Y esa relación fue, siempre, una obsesión para Paz desde que en 1950, a la edad de 36 años y luego de haber sido militante del apoyo a la república española en la guerra civil, salió en defensa de los escritores apabullados por el estalinismo soviético. Era la época de oro de Papá Stalin.

Los tiempos de la idealización del modelo soviético. Pero también los primeros indicios de que el Estado comunista soviético sólo iba a sobrevivir por medio de la represión. En 1950 eran pocos --y malditos y maldecidos-- los escritores que se atrevían a criticar la represión en la URSS, como hasta la fecha ocurre con la brutal represión a la libertad de crítica en Cuba.

La actualidad de Paz tiene varias pistas y una larga trayectoria de coherencia intelectual: su renuncia a la embajada de México en la India en 1968 por la represión en Tlatelolco, la ruptura en 1972 con Carlos Fuentes y Fernando Benítez por su acercamiento a Luís Echeverría, la entrevista con Julio Scherer en diciembre de 1977 para criticar a los intelectuales sumados al poder, la caída del Muro de Berlín a finales de 1989, la recepción del premio Nóbel de literatura en 1990, la polémica con Nexos por el fin del imperio soviético, su muerte en 1998 y la negativa en 2008 de la comisión de cultura de la cámara de diputados para colocar su nombre en letras de oro en el muro del Palacio Legislativo.

II
Como el Cid Campeador, Octavio Paz sigue ganando batallas después de muerto. Su figura se parece a esa anécdota mítica de un Rodrigo Díaz de Vivar fallecido pero amarrado a un caballo que salió al campo de batalla para seguir derrotando a los enemigos. La negativa a incorporar el nombre de Paz en el muro de la Cámara tiene el significado de la negativa del sistema político priísta, ahora con la complicidad del PRD y la pasividad del PAN, a democratizarse.
Ahí es donde Paz es esa piedra en el zapato de los priístas que perdieron la presidencia pero siguen ostentando el poder y de los intelectuales que ven con desdén una polémica que los involucra porque son rehenes de la cultura política priísta como el aparato de dominación ideológica del priísmo.

La clave para entender el pensamiento político de Paz se localiza no en el partido ni en los sistemas políticos cerrados sino en el Estado. Para el poeta y ensayista, el origen de los males se localizaba en el Estado como el Leviatán dominante de las relaciones sociales, políticas y productivas. Paz llegó a esa conclusión al analizar a México desde la óptica del conflicto en los países socialistas. Paz era confesadamente socialista, había leído profundamente a Marx, Engels y Lenin y conocía el problema de la libertad en la Unión Soviética de Stalin. En 1950 había apoyado las denuncias de David Rousset sobre los campos de concentración soviéticos para disidentes políticos. Desde entonces, Paz enlazó una larga temporada de crítica contra el socialismo autoritario y ahí encontró en el Estado el huevo de la serpiente de las dictaduras ideológicas de izquierda.

La etapa crítica de Paz tiene dos vertientes: de un lado, la confrontación de ideas con grupos, sistemas y realidades; de otro, la conformación de un pensamiento político liberal de largo plazo. A la larga, la transición mexicana le deba a Paz su papel fundamental en la crítica al poder y al Estado, algo que los propios personeros del sistema político y del Estado no olvidan en la República de Siracusa del Palacio Legislativo. Lamentablemente el ambiente intelectual mexicano era poco proclive al debate de las ideas y del pensamiento y se agotaba en las batallas de corto plazo en las trincheras de los ataques y descalificaciones. Aún así, fueron memorables las polémicas de Paz con grupos e intelectuales aunque, por el tono de los ataques en su contra, poco útiles para las mismas ideas.

La simiente de la crítica de Paz al sistema político priísta se localiza, obviamente, en su ensayo Posdata, escrito en 1969 al calor de su renuncia a la embajada de México en la India y publicado en 1970 como el primer gran ensayo del debate ideológico contra el sistema político priísta. Paz representaba quizá la última gran figura intelectual que la estructura diplomática aprovechaba en su beneficio. La carta de renuncia de Paz no fue sólo de distancia del Estado y del sistema, sino de ruptura, de posicionamiento. Por su importancia la transcribo a continuación:

Anoche, por la BBC de Londres me enteré de que la violencia había estallado de nuevo (en México). La prensa india de hoy confirma y amplía la noticia de la radio: las fuerzas armadas dispararon contra la multitud, compuesta en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel.

No describiré a usted mi ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera. Desde hace veinticuatro años pertenezco al Servicio Exterior de México. He sido canciller, secretario de Embajada, Consejero, Ministro y Embajador. No siempre, como es natural, he estado de acuerdo con todos los aspectos de la política gubernamental pero esos desacuerdos nunca fueron tan graves o tan agudos para obligarme a un examen de conciencia (...)

Es verdad que el país ha progresado. Sobre todo en su sector desarrollado, constituido tal vez por más de la mitad de la población; también lo es que la clase obrera ha participado, aunque no en la medida deseable y justa, en ese progreso y que ha surgido una nueva clase media. Pero este adelanto económico no se ha traducido en lo que, me parece, debería haber sido su lógica consecuencia: la participación más directa, amplia y efectiva del pueblo en la vida política.

Concibo esa participación como un diálogo plural entre el gobierno y los diversos grupos populares. Es un diálogo que, de antemano, acepta la crítica, la divergencia y la oposición. Pienso no solo en el proceso electoral y en otras formas tradicionales y predominantemente políticas, tales como la pluralidad de partidos.
Todo esto es importante pero no les menos que ese diálogo se manifieste, diariamente, a través de los medios de información y discusión: prensa, radio, televisión. Ahora bien, sea por culpa del Estado o de los grandes intereses económicos que se han apoderado en nuestro país de esos medios, el diálogo ha desaparecido casi por completo de nuestra vida pública.

Basta leer a la prensa diaria y semanal de México en estos días para sentir rubor: en ningún país con instituciones democráticas puede encontrarse ese elogio casi totalmente unánime al Gobierno y esa condenación también unánime a sus críticos. No sé si estos últimos tengan razón en todo; estoy cierto de que no tienen acceso a los medios de información y discusión. Esta es, a mi juicio, una de las causas, tal vez la más importante, de los desórdenes de estos días (...)

Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al Gobierno. Mi respuesta es la petición que le hago llegar: le ruego que se sirva ponerme a disponibilidad, tal como lo señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano.
Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud

Se trató, pues, de una carta de indignación, de repudio, de calificación, pero también de compromiso y militancia porque llevó a Paz a su primera y única experiencia de participación en la política activa: la Comisión Nacional de Auscultación y Organización para fundar un nuevo y verdadero partido de izquierda. La experiencia fue fallida, Paz se alejó y Heberto Castillo derivó en el Partido Mexicano de los Trabajadores.
El uso de la palabra reprimir en la carta de renuncia indignó a Díaz Ordaz. Pero a partir de esa toma de posición, Paz entró en una de las etapas más importantes de su vida creativa: la distancia del Estado, ese príncipe moderno que ya no se encarnaba en un ciudadano de carne y hueso y superaba al príncipe gramsciano que representaba el Partido. No: el Estado como el Leviatán dominante, opresor de la sociedad, fin en sí mismo
.
En este contexto, las estaciones críticas de Paz con el sistema político mexicano pudieran agruparse en seis, cada una de ella definitorias de la madurez continuada de su pensamiento político.
1.- Paz y el Estado: la democracia y el desarrollo. Posdata. 1970 y El ogro filantrópico de 1978.
2.- Paz y los intelectuales de Estado: 1972-1977, de Carlos Fuentes a Carlos Monsiváis, los dos afiliados a su manera el Estado.
3.- Paz y la izquierda socialista. Centroamérica, Nicaragua, El Salvador. 1984. Cuba y Nicaragua delinearon su crítica al socialismo estatista autoritario.
4.- Paz y el PRI: 1985. Zaid y el fin del PRI.
5.- Paz y el PRD como el partido de izquierda. 1988 y 1994.
6.- Paz y el socialismo soviético. Polémica con Nexos alrededor del Estado, de Carlos Salinas y de la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética 1990-1992.

El contexto de localización del pensamiento crítico y polémico de Paz no es fácil de asentar en un espacio fijo: la evolución dialéctica del sistema político priísta pero más allá de calificativos o de evaluaciones. El espacio crítico de Paz era el Estado, el PRI y la izquierda, los tres hijos del mismo venero político e histórico: la revolución mexicana. Lo significativo del asunto era que Paz conocía ese proceso social en el seno mismo del hogar: por línea paterna su abuelo combatió al lado de Juárez y su padre al lado de Zapata.
La relación de Paz con la izquierda fue de desencuentros. Los caminos eran diferentes: la izquierda quería la democratización a partir del mismo Estado autoritario priísta, en tanto que Paz pugnaba por la democracia a partir de la desarticulación del Estado político y de una más activa sociedad política e intelectual. Por eso la izquierda intelectual prefirió el camino trillado de la lucha desde dentro o desde la periferia del Estado, en tanto que Paz emprendió su combate contra el Estado. Lo que dejó como semilla en Posdata con su crítica a la pirámide se transformó en línea de pensamiento de largo alcance. El desmoronamiento del Estado soviético le dio la razón, pero es la hora en que la izquierda mexicana anda tratando de evolucionar el sistema político hacia la democracia pero con la consolidación del Estado autoritario.

III

¿Era Paz sólo un crítico del poder? No. Fue más allá. Representó una propuesta de transición hacia una democracia liberal. Paz siempre se definió como socialista. Pero exigía que el socialismo en el poder pasara por la prueba de la democracia electoral. Paz apoyó en 1983 la propuesta de Enrique Krauze de una democracia sin adjetivos --a partir de la transición española-- pero el mismo tenía sus propias ideas. En su análisis de las elecciones de 1994, Paz estableció los cinco puntos de su propuesta de sistema democrático, un texto poco citado pero que presenta a un Paz que delineaba su propuesta de transición a la democracia.

La primera es contar con un poder legislativo independiente, que realice las mismas funciones de crítica política frente al poder presidencial que cumplen los parlamentos de las naciones democráticas, tanto en los Estados Unidos como en las naciones europeas. Si queremos limitar al presidencialismo mexicano, debemos fortalecer la independencia del poder legislativo.
La segunda es la creación de un poder judicial fuerte, honesto, libre de tutelas y presiones, capaz de defender a los ciudadanos de los abusos de las autoridades. México ha sido un país en donde el poder es con frecuencia arbitrario: hay que someterlo a la ley.
La tercera es la separación definitiva e inequívoca entre el PRI y el Estado. Ese partido debe convertirse en un partido como los otros o desaparecer.

La cuarta es la renuncia expresa a la práctica presidencial de nombrara su sucesor. El candidato Zedillo declaró que renunciaría a ese antidemocrático privilegio pero el Presidente Zedillo debe confirmarlo solemnemente.
La quinta es la transformación de nuestro centralismo en un auténtico federalismo. Sólo podremos alcanzar la deseada alternancia en el poder si comenzamos por la periferia, por las regiones. Hacen falta, mucha falta, más gobernadores y más presidentes municipales de la oposición.

Las propuestas no eran fáciles para Paz, cuya función intelectual era la crítica. Por eso recordó en 1990, al recibir el Nóbel, su condición de intelectual alejado del poder:

Me sentí, literalmente, desalojado del presente.

Como un “desalojado del presente”, Paz ha tenido que lidiar batallas después de muerto. En 1990, al recibir el Nóbel en medio del desmoronamiento de la URSS, del fin de un ciclo histórico y de las posibilidades de uno nuevo, Paz dijo en el brindis:

Vivimos no sólo el fin de un siglo sino de un período histórico. ¿Qué nacerá del derrumbe de las ideologías? ¿Amanece una era de concordia universal y de libertad para todos o regresarán las idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, con su cauda de discordias y tiranías? Las poderosas democracias que han conquistado la abundancia en la libertad ¿serán menos egoístas y más comprensivas con las naciones desposeídas? ¿Aprenderán éstas a desconfiar de los doctrinarios violentos que las han llevado al fracaso? Y en esa parte del mundo que es la mía, América Latina, y especialmente en México, mi patria: ¿alcanzaremos al fin la verdadera modernidad, que no es únicamente democracia política, prosperidad económica y justicia social sino reconciliación con nuestra tradición y con nosotros mismos? Imposible saberlo. El pasado reciente nos enseña que nadie tiene las llaves de la historia. El siglo se cierra con muchas interrogaciones.

Las dudas de Paz eran las mismas de la sociedad ante el fin histórico de la URSS. En su discurso de recepción del Nóbel, Paz afirmó:

Vivimos la crisis de las ideas y creencias básicas que han movido a los hombres desde hace más de dos siglos.

Paz hizo un razonamiento que por lo visto no fue entendido en México, un largo razonamiento filosófico y humano sobre el desafío histórico en ese año de 1990: desalojado del presente, Paz convocaba a la búsqueda del presente.
Más aún: la negativa de la cámara de diputados planteó un escenario similar al que enfrentó Platón en sus tres viajes a Siracusa para educar al rey Dionisio II. Platón fracasó y explica sus razones en su Carta VII. La intención del intelectual era la de preparar al gobernante para asumir la condición de Rey Filósofo.
El caso de Platón-Dionisio ha sido usado para establecer las relaciones de los intelectuales con el poder. Es lo que el ensayista Mark Lilla ha analizado en su libro Pensadores temerarios. Los intelectuales en la política, en donde incluye un epílogo provocador: “La seducción de Siracusa”: los intelectuales creen tener la fórmula para educar a los poderosos --en el término de la paideia griega, el objetivo del Rey Filósofo. Por tanto, las reflexiones o asesorías intelectuales a los Príncipes estarían en la lógica justamente de ayudar a los reyes a gobernar con virtud: los ensayos de Paz, por ejemplo, no sólo buscaron hacer una crítica de la realidad, sino convertirse en consejos para gobernar con sabiduría. El tirano debe ser la imagen del filósofo en el espejo, resume Lilla.

En su Carta VII establece Platón las funciones de los filósofos consejeros. El centro de su análisis radica en el papel del consejero y en el cumplimiento de su función. Señala que el buen consejero debe cambiarle el régimen de vida al individuo enfermo que lleva una dieta nociva. Por tanto, la función del consejero es obligar al gobernante a cambiar; si no, entonces está obligado a negarle más consejos. Platón considera “poco varonil” al consejero que siguiera trabajando para el gobernante que se niega a cambiar, que gobierna como dictador y que exige al consejero fortalecer sus excesos. La tarea del intelectual es la de forzar los cambios, pero sin provocar exilios, matanzas o corruptelas, pues Platón denuncia que Dionisio quiso convencerlo a justificar la dictadura y para ello usó honores y dinero. El deseo de Platón., y para ello comprometía su papel como consejero filósofo del rey, era que

…ni Sicilia ni ningún otro Estado viva esclavizado bajo el imperio de individuos despóticos, sino que viva bajo el imperio de las leyes.

Paz ha sido víctima del autoritarismo legislativo que ya preveía Platón en su Carta VII:

Todas (las ciudades actuales) en su conjunto tienen malos regímenes políticos, pues su sistema legislativo es prácticamente incorregible.

El Estado legislativo ha decidido ser no solamente antiintelectual sino algo peor: rencoroso con la crítica que en su tiempo lo desnudó. La negativa de la cámara demostró lo que seguramente los resabios del sistema priísta no querían: probar que el pensamiento político de Paz y sus ensayos de crítica política siguen siendo simplemente vigentes.

Por Carlos Ramírez
Post RLB Punto Politico.

marzo 04, 2008

Se quiebra sindicato petrolero + Corrupción avalada por gobierno

En el contexto del debate sobre la reforma energética, la crisis al interior del sindicato petrolero se ha convertido en un factor de decisión: el gobierno de Calderón avala a la dirigencia de Carlos Romero Deschamps, pero ya se consolidó una disidencia mayoritaria que pasará pronto a la protesta activa.
El sindicato petrolero ha sido una herencia maldita del viejo régimen político. La expropiación petrolera en 1938 ocurrió por el incumplimiento patronal de un laudo laboral. Para hacer cumplir la ley y darles la razón a los trabajadores, el general Cárdenas expropió las compañías petroleras y pugnó por un sindicato que defendiera el recurso energético.

Ahora que viene una reforma a fondo al sector petrolero, de nueva cuenta salta el problema del sindicato petrolero. En 1989 Carlos Salinas dio un golpe severo al liderazgo de Joaquín Hernández Galicia La Quina porque no se sometió a su candidatura. Pero Salinas aprovechó el suceso para regresarle al gobierno el control del sindicato petrolero. De entonces a la fecha, el sindicato se ha sumido en una de sus peores corrupciones.
Lo grave radica en el hecho de que el sindicato, con una dirigencia sometida al gobierno y al PRI, ya no representa la defensa del energético. Al contrario, la dirección sindical actual de Romero Deschamps significa la facilidad gubernamental para cualquier tipo de privatización del petróleo. De ahí que el principal cinturón de protección que tiene el sindicato de Romero Deschamps sea justamente el del gobierno de Calderón vía el hoy secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, ex empresario privado del sector petrolero, ex subsecretario de Energía y hoy paradójicamente encargado de la reforma energética.
Pero la situación interna de Romero Deschamps se encuentra bastante frágil. La disidencia coordinada por el ex diputado priísta Mario Ross no sólo se ha fortalecido, sino que se ha encargado de denunciar la corrupción en el sindicato. El sindicato, por ejemplo, tiene congelados en Nueva York 43 millones de dólares. Y Romero Deschamps mantiene dinero del sindicato en dos bancos cuyos dueños son sus amigos, al grado de que el líder sindical, cual magnate petrolero, es miembro del consejo de administración de un banco sólo por el hecho de manejar ahí liquides multimillonaria.
La fuerza sindical de Mario Ross ha pasado de ser disidencia a convertirse en una oposición interna real, capaz de quitarle el control del sindicato a Romero Deschamps. Como para demostrar su influencia sindical, el ex diputado Ross presentó en Los Pinos un padrón de 70 mil trabajadores que rechazan la dirección de Romero Deschamps.

Y como para demostrar que habla en serio, grupos de Ross preparan una toma de instalaciones de Pemex el próximo 18 de marzo, fecha en que se recordará la expropiación petrolera. Asimismo, la oposición a la dirección actual del sindicato petrolero está dispuesta también a la toma de pozos petroleros. Sin embargo, la fuerza de Romero Deschamps no descansa en su influencia cada vez más decreciente de los trabajadores, sino del apoyo político de Los Pinos. Y en Los Pinos sólo quieren tener el control de los trabajadores petroleros para la reforma energética que va a sacudir la estructura corporativa de la empresa Pemex y a sacrificar algunos derechos laborales.
Pero el liderazgo sindical de Romero Deschamps comienza a tambalearse justamente por las denuncias de corrupción en su contra. El embargo de 43 millones de dólares es apenas el indicio de un caso grave de delito de peculado que se desahoga en la Procuraduría General de la República bajo la clave 191/202 y oficio 3884. En octubre de 2000, Romero desvió 460 millones de pesos del sindicato hacia un banco en donde manejaba cuentas bancarias: de 00559-01859-7 a 930-1-032992 y pasó por la cuenta de Pemex 213576, vía cheque 0015185.

El destino final de los 460 millones de pesos fue la casa de bolsa Donaldson Lufkeen Jeannete de Nueva York. Los 460 millones de pesos se convirtieron en 40 millones de dólares. El contrato fue el número ACC-6MH-215309, celebrado con Afin Securiete Internacional. Los perjudicados con esta maniobra de desviación de recursos fueron los trabajadores sindicalizados de Pemex. El delito de peculado se transformó, a petición de los sindicalizados, en delito de abuso de confianza.

La crisis en el liderazgo del sindicato de Pemex es grave porque el grupo disidente de Mario Ross está decidido a impedir arreglos por el apoyo gubernamental. Ross ha entrado en contacto con López Obrador y con diputados del PAN, pero hasta ahora quiere mantener su lucha lejos de los problemas partidistas, aunque en Los Pinos siguen apuntalando al sindicalmente deteriorado Romero Deschamps.
Pero la reforma energética que involucra a Pemex no podrá llevarse a cabo si no se reorganiza el sindicato petrolero, si no se termina con el liderazgo de Romero Deschamps controlado desde Los Pinos y si no se toman en cuenta realmente a los trabajadores y no a sus líderes corruptos.
Por Carlos Ramírez
Post RLB. Punto Politico.

marzo 03, 2008

Ebrard y Ruth rompen con ejército


¿Quiso PRD golpe de Estado en 2006?

A
pesar de haber sido invitado cordialmente, el jefe de gobierno del DF, el perredista Marcelo Ebrard, desdeñó al ejército en la ceremonia para conmemorar el día de las fuerzas armadas.
Y a pesar de que tenía la obligación institucional de estar presente en ceremonias oficiales, la presidenta de la Cámara de Diputados, la perredista Ruth Zavaleta, ofendió al ejército al enviar al vicepresidente.

Los dos políticos perredistas cumplieron la consigna de López Obrador de no reconocer al presidente de la república ni a las instituciones, pero la enviaron mensajes negativos al ejército. El anfitrión del desayuno el 19 de febrero fue secretario de la Defensa Nacional, general Guillermo Galván Galván, no el presidente Calderón.

Por tanto, el PRD y sus espacios institucionales en el Congreso y en el gobierno capitalino desconocieron a las fuerzas armadas al hacer ostentosa su ausencia en una de las ceremonias cívicas más importantes del calendario político militar del país.

La ruptura del PRD lopezobradorista con el ejército es significativa en cuanto a sus interpretaciones. Cuando el PRI comenzó a perder gubernaturas, una de las preocupaciones más insistentes estaba en el papel de las fuerzas armadas: ¿aceptarían los jefes de zonas militares la jerarquía de un gobernador que no fuera del PRI? La respuesta no tardó en llegar: la alternancia partidista en los estados fue posible gracias al profesionalismo e institucionalidad del ejército. El ejército demostró que servía a la nación, no al PRI. Lo mismo ocurrió en el 2000 con Fox.

La decisión del ejército de reconocer a Felipe Calderón como presidente constitucional estuvo relacionada con el dictamen final de las instituciones electorales. En este contexto, el desaire del PRD lopezobradorista el 19 de febrero no fue para Calderón sino para las fuerzas armadas, sin duda la institución clave en el proceso accidentado de democratización del país.

Lo grave para Ebrard y Zavaleta es que han dejado sentada su decisión de no respetar las instituciones. Lo peor de todo es que los dos podrían haber hecho el esfuerzo de atender a la institucionalidad, pero ambos están dominados por las pasiones del caudillo López Obrador. Los dos tienen la prohibición de López Obrador de aparecer en algún acto público junto al presidente Calderón.
Sin embargo, ello ha llevado a situaciones absurdas. Por ejemplo, la diputada Zavaleta desdeñó la invitación del ejército para el desayuno del pasado 19 de febrero, pero paradójicamente su firma apareció junto a la del presidente Calderón en el decreto oficial de la reforma electoral publicado en el Diario Oficial de la Federación. Es decir, al permitir su firma junto a la Calderón, Zavaleta ya reconoció la jerarquía institucional del presidente de la república.

El que ha perdido todo sentido de razón es Ebrard. Aliado a López Obrador y sabedor de que su cargo actual y los futuros dependen de la voluntad del Caudillo, Ebrard ha comenzado a crear un espacio separatista en el DF. Ya mandó el mensaje de que le incomodan las dependencias federales en su ciudad. Y también ha avisado que no habrá ningún reconocimiento federal.

La ofensa al ejército no es menor. Pero deja datos que confirmarían la tentación que tuvo López Obrador en el 2006 de empujar al ejército al desconocimiento de Calderón como presidente de la república. Es decir, que López Obrador habría avalado un eventual golpe de Estado del ejército contra la autoridad civil bajo el argumento de que Calderón no había ganado las elecciones. Obvio es decir que López Obrador fue repudiado dentro del ejército por sus intenciones de provocar una severa crisis constitucional.

La crisis es grave. El gobierno del DF y la Cámara de Diputados rompieron el ejército mexicano. No se trató sólo de una ausencia estratégica a título personal perredista porque ambos fueron invitados en función de sus cargos. Más bien fue la decisión de Ebrard y Zavaleta de no reconocer al ejército como institución por la relación de éste con el presidente de la república. Se trató del peor acto de negación de la democracia, pero involucrando a dos instituciones vitales para el país porque el ejército tiene instalaciones en el DF y se rige por la autoridad del jefe de gobierno, pero resulta que éste desconoce al ejército como institución republicana.

La peor parte la tiene la diputada Ruth Zavaleta. Ella fue designada presidenta de la cámara por la mayoría de los legisladores de todos los partidos. Su cargo, pues, lleva la representatividad de una de las dos cámaras del poder legislativo y de los 500 legisladores, no del PRD. Por tanto, la ausencia de Zavaleta en el Día del Ejército fue un desdén de la Cámara y no del PRD. En la práctica, Zavaleta puso el interés de su partido por encima del poder legislativo. Es decir, ella actuó como perredista, no como legisladora.

Ebrard y Zavaleta pueden obedecer las consignas de su Caudillo, pero tienen prohibido utilizar instituciones de la república en conductas de renegados de la democracia. La mitad del DF no votó por Ebrard y Zavaleta es una de 500 legisladores. Los dos pueden asumir conductas políticas personales, pero están obligados a respetar las leyes que juraron defender o renunciar a sus cargos y pasar a la lucha renegada con López Obrador.

Por Carlos Ramírez
Post RLB. Punto Politico.